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6:03 PM - 7 de Noviembre de 2012
Por: Andrés Piñeros Latorre

La iglesia de Lourdes, en lo que era el centro del antiguo municipio de Chapinero, es uno de ellos. Esta capilla, de tipo gótico, que parece inacabada, ya que faltan sus agujas, requiere de una pronta restauración. Y, al parecer, este proceso ha comenzado, ya que desde hace unos meses sus techos se han cubierto con estructuras metálicas.
Sin embargo, esta delicada obra no parece avanzar. Así como ocurre con otros espacios de la ciudad, entre los que está la circunvalar con calle 92, donde luego de cubrirse la edificación esta obra no progresa. Los fieles siguen ingresando al lugar de culto, a esas tres naves que sirven para que los católicos se acerquen a los monumentos de la virgen María, San José y en todo el centro: al Cristo crucificado.
Desde hace mucho tiempo, los diferentes sacerdotes invitaban a hacer donaciones extras a los fieles y visitantes y se anunciaba la necesidad de comenzar con la rehabilitación del tradicional templo, pero las obras no daban inicio. Ahora ya se han cubierto los costados de la edificación y se han tapado los techos para comenzar los trabajos de reforzamiento y cambio de las antiguas cubiertas, pero no es claro cuando estarán terminados.
Tal vez la fe, que como dice el dicho, es lo último que se pierde, hace que los bogotanos y en especial estos particulares chapinerunos, esperen que pronto la catedral de Lourdes renazca y permita a fieles y turistas invocar a su Dios y encontrar un espacio de paz y recogimiento en medio del ajetreo y actividad de esta importante localidad de la capital.
Crisis de monumentos
Para una ciudad como Bogotá, la conservación de patrimonios históricos como Lourdes es de vital importancia. En una metrópoli como la nuestra, son cada día menos los elementos de identidad. Es así como barrios tradicionales desaparecen o se transforman de tal manera que se hacen prácticamente inidentificables para sus antiguos moradores.
Una que otra edificación bogotana ha sido declarada monumento de conservación, pero en muchos casos, esto en lugar de beneficiar a sus propietarios, les ha traído dificultades. Mientras por un lado se rebajan los impuestos, por el otro se limita cualquier tipo de reforma arquitectónica o aún de uso del suelo.
Así, la declaratoria de patrimonio termina generando más dificultades que beneficios a los dueños de antiguas casas, quienes en muchos casos terminan dejando caer las edificaciones. A lo largo de la carrera séptima, o en barrios tradicionales como Teusaquillo o Quinta Camacho suelen verse inmuebles, en excelentes condiciones, abandonados. De otro lado, están las casas y edificios, que van decayendo con el paso del tiempo, sin que sus propietarios, que lo han sido por generaciones, encuentren la posibilidad de mantenerlos, ya que no tienen la posibilidad de recurrir a las limosnas ni a la ayuda de los feligreses, como si ocurre con el templo de Lourdes.
Entre las edificaciones de conservación, se presentan casos extremos como el de la mansión de Villa Adelaida, en la carrera séptima con calle 70, que se deteriora día a día sin que ni sus propietarios ni el Distrito hagan nada por evitar su total deterioro.
Las grandes ciudades del mundo tienen múltiples símbolos que las identifican. Sin embargo en Bogotá, estos elementos recordatorios desaparecen o se deterioran día tras día. Faltan políticas y estímulos para que los dueños de casas se animen a cuidarlas y mantenerlas, para que las empresas y los inversionistas inmobiliarios entiendan el valor agregado de las edificaciones tradicionales.
La ciudad es como un documento escrito, editado mil veces, con hojas rasgadas, pero que mantiene el eje de su historia: su esencia. Por su constante migración, por su crecimiento desaforado, parecería casi imposible que Bogotá mantuviera elementos constantes. Pero, sin duda, sí hay que buscar soluciones creativas para recuperar la memoria de la ciudad y para que las generaciones futuras mantengan su identidad con su estructura urbana.
Por Andrés Piñeros Latorre, colaborador de Soyperiodista.com
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