Actualizado: hace 1 horas.
11:32 AM - 9 de Enero de 2013
Por: Carlos Polanco

Me odiarán por lo que voy a escribir, tal vez me destierren de esta, mi ciudad por los últimos 17 años y mi lugar de nacimiento hace 33, so pena de que así sea quiero dejar algo claro: Cali da una inmensa tristeza.
Sin agua, congestionada, peligroso, caliente, desordenado y aun peor que todo lo anterior una ciudad llena de entes indiferentes frente al deterioro paulatino que venimos viviendo.
Echemos para atrás, 30 de julio de 1971,
12.000 mujeres vestidas con trajes típicos hacen parte de la ceremonia de apertura de los VI Juegos Panamericanos, juegos que se celebraron en una tímida capital del valle con algo más de 900 mil habitantes, una pueblo grande en su camino hacia ciudad, en esa época le ganamos la sede de estas justas a Santiago de Chile, ¿quién lo creyera?
La Cali de esa época, una Cali de fuentes de soda, de grilles, de chuleta en el despiste, de mecateadas en los parques, de gente amable y cálida (como trata de rescatar la campaña de la Alcaldía) que recibió a los 2900 atletas que participaron y que se fueron encantados de estas tierras de mujeres hermosas de color caoba y caderas grandes con un inigualable sabor para bailar salsa.
Vienen los gloriosos ochentas, y con ellos el Armagedón, el flagelo que acabó con esa ciudad cálida y amable de los juegos panamericanos y le dio paso a una urbe permeada por el dinero fácil, por los capos y los testaferros que inflo su economía y dejo corroer a su gente por la vida sabrosa y la plata que dejaban las vueltas ordenadas por los grandes capos. Del blanco al negro en menos de diez años, de un cielo cálido a un infierno de gente fría e indolente.
Cali me tiene mamado, decepcionado, aburrido y con nostalgia, a pesar de que no viví en los 70, cuando llegué a establecerme alcancé a vivir esos rezagos de cordialidad que quedaban a principios de los noventa. Caleños preocupados por el de al lado, porque ese es el principal problema hoy, no nos importa que al vecino lo maten, lo roben, lo descuarticen, lo atraquen, lo extorsionen, lo secuestren, sencillamente miramos para otro lado y seguimos de largo.
No soporto ver a mis coterráneos, matándose entre ellos y de paso matándonos a nosotros, que no hacemos parte de ninguna pandilla, ni red de micro tráfico, es preocupante que la tasa de homicidios de Cali sea la más alta de todo el país, que lo que antes era un vividero muy sabroso ahora sea un matadero generoso que no discrimina edad, color, sexo o lugar.
Me rehúso a ver convertida mi ciudad en una de las más peligrosas de Latinoamérica, me indigna que me lleguen cadenas acerca de los carros que se roban (dos la semana pasada), de los colegas que sufren atracos a plena luz del día para quitarles sus equipos, y todo esto frente a unos caleños atemorizados e indiferentes, testigos mudos de este virus llamado desprecio por la vida que nos tiene agonizando.
Y aquí quiero dejar claro algo, amo la Sultana del Valle, amo las mujeres caleñas, amo el haber nacido acá, pero al mismo tiempo siento una nostalgia inmensa por vivir esos rezagos que me tocaron a principios de los noventas, extraño poder caminar sin estar en modo paranoico, o simplemente no salir a la calle.
Y es que no quiero caer en el cliché de echarle la culpa a los malos gobiernos que hemos tenido (que han sido como todos desde que estoy acá) porque me parece la salida mas fácil, NO, el problema somos nosotros, los de a pie, los caleños, los universitarios, los viejos, los jóvenes, las mamás, los papás, los hijos, todos.
No seamos facilistas, el pueblo somos nosotros, eso no debemos olvidarlo y finalmente elegimos o dejamos de elegir a nuestros dirigentes, pero debemos tener presente que los de a pie, los que usamos MIO, los que soportamos el calor, tenemos el poder de cambiarlo todo, absolutamente todo.
Por Carlos Polanco, colaborador de Soyperiodista.com
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