Actualizado: hace una hora.
2:21 PM - 8 de Febrero de 2013
Por: Alfonso Acosta Caparrós
O quizás simplemente le regale una rosa.
Roja, blanca, azul... o quizás unas malvas, narcisos, gladiolos...o quizás, azaleas, orquídeas, hortensias o quizás... cualquiera de las miles de millones de flores que como las estrellas allá arriba, forman un firmamento tamizado de bellísimos colores aquí abajo en la tierra.
El 14 de febrero se celebra en día de San Valentín, aquel sacerdote que se atrevió a casar a escondidas a los enamorados, cuando el emperador romano Claudio ll, prohibió que se casaran porque para él, los hombres jóvenes solteros, resultaban mejores soldados.
Cuando Claudio II se enteró de lo que a sus espaldas hacía Valentín, lo encarceló, torturó y asesinó, no sin antes, en medio de su venganza, haberle exigido al cura que invocando a su Dios, le devolviera la vista a Julia, su imperial hija nacida ciega; milagro que realizó el cura esperando en vano su perdón.
Tiempo después, Julia en señal de agradecimiento llevó a la tumba del cura milagroso, un hermoso ramo de flores pequeñas con una geometría perfecta: cinco pétalos blancos, con una estrella púrpura en su centro, del cual brotan a su vez, varios filamentos amarillos de la misma longitud, llamadas almendros.
Y sobre ese monumento a la muerte, en medio las flores nació la tradición que evoca aquel acto amable, en memoria del cura que luego, fue canonizado: San Valentín.
Esta historia plena de amor, celos, rabia, engaños y desengaños, alegrías y tristezas, gratitud y desdén y hasta la propia muerte, nos muestra con sabiduría que las flores participan con su presencia y simbolismo propio, en prácticamente todas las etapas de nuestra vida.
Se obsequian flores a la madre cuando su hijo nace... cuando éste hace la primera comunión... cuando cumple años... cuando se gradúa... cuando él tiene novia... en la cena de los dos en el restaurante... cuando se casan... en su hogar... en su aniversario... y no hay un finalmente, porque cuando muere, aun así se le siguen llevando flores, hermosas flores, en los más importantes momentos.
Y muchísimas veces, en los menos. Porque su presencia por mínima que sea es inmensa al mismo tiempo.
Colombia se prepara para exportar en los próximos días cerca de quinientos millones de flores alrededor del mundo, para que los enamorados hagan lo que Julia hizo en la tumba de Valentín. Expresar sus sentimientos con un ramo de flores.
Nuestra flora ha sido - valga la redundancia- una industria floreciente. Las flores colombianas como sus mujeres, tienen fama y prestigio de belleza mundial. Pero entre el díscolo clima y la mano criminal del hombre, amenazan a la efímera industria con el paso del tiempo a marchitar.
Por estas razones, entre los muchos activos valiosos que el manejo de la economía en nuestro país debe preservar a toda costa, son sus recursos naturales; en otras palabras más gráficas:
No más Drummond, ni más hoteles en el Parque Nacional Natural Tayrona, sólo para mencionar los escándalos más recientes.
Respetemos y hagamos respetar de propios y extraños, nuestros recursos naturales, ellos proveen la tierra negra, el follaje verde, las aguas cristalinas y en su clímax, las multicolores invitadas a estas letras en blanco y negro.
Colombia es muy bella. Es un jardín. Viájela y lo comprobará.
No permitamos que sus recursos naturales a la larga, se vayan extinguiendo, como el sol a las seis de la tarde en el horizonte, como la pavesa de una vela que como dice la canción:..."poquito a poco...apaga su luz".
O quizás simplemente, que sean flor de un día.
Por Alfonso Acosta Caparrós, colaborador de Soyperiodista.com
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Herrn
9 Febrero 2013 - 5:07am