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Aún con aliento: testimonio de mujeres que escaparon de la muerte en la peor tragedia de Medellín

Gloria Estela Quiroz Gómez y Luz Mira Solís Berrío. Foto: cortesía.

Han pasado 30 años pero los recuerdos están intactos en algunas de las sobrevivientes de la tragedia en Villatina. Ellas perdieron hijos, hermanos, padres y amigos en menos de cinco minutos, luego de una avalancha que borró del mapa uno de los sectores más humildes de la Medellín de la época.
En 1987, Gloria Estela Quiroz Gómez era una joven veinteañera, casada y con dos hijos. Aquel 27 de septiembre, ella recuerda que escuchó una explosión, como si un avión se hubiera chocado contra la ladera, y de inmediato sintió estremecerse la tierra. Un par de horas después se enteró de que 22 familiares suyos habían muerto, entre ellos sus hijos de 8 y 9 años, quienes jugaban a la pelota en el solar de la casa del abuelo.
Gloria Estela asegura que se salvó porque la avalancha pasó a dos cuadras de su vivienda, donde se encontraba con su esposo preparando el almuerzo.
 
Hoy, 30 años después, Gloria Estela, de 56 años, habita en el barrio Héctor Abad Gómez, ubicado en el noroccidente de Medellín, junto a la estación Acevedo del metro. Allí fue reubicada con 145 familias un año después de la tragedia. Cada familia, recuerda, se encargó de levantar su propia vivienda. Hoy el barrio cuenta con poco más de 250 casas.
Así cuenta Gloria Estela cómo transcurrió ese día: 

 
Por su parte, Magnolia Londoño Gutiérrez, para la época, trabajaba como empleada doméstica para una enfermera cuando escuchó en la radio la noticia de que una avalancha de tierra había cubierto parte del barrio Villatina parte alta, donde vivía con su esposo y seis hijos.
 
Tomó un bus y media hora después, en medio de la confusión, el llanto, vecinos desesperados y cientos de socorristas y militares que con palas cavaban la tierra, subió a su casa derrumbada. De seis hijos que tenía sobrevivieron dos, entre ellos Eddier Tálaga, hoy un reconocido pintor de la ciudad, quien para entonces sufrió múltiples fracturas.
Así rememora Eddier Tálaga esos días de incertidumbre cuando tenía 19 años. Hoy cuenta con 49: “Me sacaron inconsciente y así duré diez días. Los paramédicos me sacaron de la tierra y me trasladaron a la Clínica León XIII. Estaba muy herido y entre eso tenía rota en dos partes mi pierna derecha. Cuando me dieron de alta, tres meses después, me fui al encuentro con mis papás y mi hermana, que estaban en un albergue llamado Caunces de Oriente, en el barrio Buenos Aires. Allí había más de doscientas personas. Un año después nos pasaron para el Héctor Abad”.
Así recuerda Magnolia Londoño, su madre, aquella tarde:

 
Ese día de 1987, Luz Mira Solís Berrio cocinaba cuando se estremeció la tierra. Por fortuna su casa no fue arrasada por la furia de la tierra y las rocas que se desprendieron de la montaña. Sin embargo dos de sus hijas no estaban en casa. Habían salido a llamar, en la parte baja del barrio, al teléfono público. Allí fueron sepultadas.

 
Luz Mira Solís Berrío recuerda que ese fatídico día estuvo hasta las 11:00 de la noche escarbando bajo la tierra, buscando a sus hijas. Finalmente, socorristas la sacaron del lugar, empantanada y llorando, para trasladarla a un hogar de paso.
 
Margarita Agudelo, quien habita también en el Héctor Abad Gómez, afirma que si ella hubiera llegado ese domingo a su casa cinco minutos antes (estaba en la cancha del barrio jugando fútbol con su esposo), hubiera muerto junto a una hermana suya y dos cuñados que vivían con ella.

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Margarita Agudelo no resistió ver el panorama de desolación y muerte que presenciaba. Le dijo a su esposo que se iría a la casa de su madre, a pocas cuadras de allí. Éste, con más valor, llegó hasta la vivienda bajo tierra y comenzó a cavar. Nunca encontraron al esposo de una hermana, quien hace parte de los 200 desaparecidos que registraron las autoridades.
El barrio Héctor Abad Gómez fue construido y gestionado gracias al sacerdote Rafael García Herreros, quien estuvo al frente de la tragedia, e incluso impulsó una teletón con el fin de recoger fondos para la construcción de viviendas.
Este padre, quien murió de 83 años en 1992, fue el fundador de una obra social sin ánimo de lucro llamada Minuto de Dios, a principios de los años 50. Con el paso del tiempo esta iniciativa derivó a obras sociales de gran impacto sociales en todo el país.
Orfa Cortez, damnificada de la tragedia y hoy presidenta de la Junta de Acción Comunal de este barrio, afirma que, en principio, fueron construidas 145 casas. “El barrio ahora tiene placa polideportiva, dos teatrinos, un colegio y amplias zonas verdes. Nunca hemos tenido problemas de convivencia y siempre nos apoyamos entre todos”.
Seguirá pasando el tiempo y el testimonio de estas mujeres continuará escuchándose, así nunca se sepa realmente por qué ocurrió la tragedia que les arrancó a sus seres queridos.

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