Con un total de 104 partidos, sinónimo de cascada de dólares, el Mundial 2026 es el triunfo de la ambición expansionista del presidente de la FIFA, Gianni Infantino, pero la geopolítica y los recursos judiciales amenazan con impactar negativamente su apuesta por una reelección.
- Mina de oro y clave en reelección -
Tras llegar a la cabeza del fútbol mundial en 2016 y después de ser reelegido sin oposición en 2019 y 2023, el dirigente italosuizo ha citado el 18 de marzo de 2027 en Rabat a los delegados de las 211 federaciones miembro de la FIFA para alargar su mandato.
Entre medias, la prueba de fuego de cada mandato: el Mundial masculino, históricamente la mayor fuente de ingresos de la FIFA, que en esta edición pasa de 32 a 48 equipos y cuya organización está dividida por primera vez entre tres países: Estados Unidos, Canadá y México (11 de junio al 19 de julio).
Ese gigantismo lleva la firma de Infantino, de 56 años, deseoso de ampliar las competiciones FIFA, llegando incluso a imponer el pasado verano boreal un primer Mundial de Clubes de 32 equipos.
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De esta manera, al aumentar los ingresos por entradas, derechos televisivos y patrocinios, ha prometido incrementar un 72% los ingresos de la institución en comparación con su ciclo precedente.
Electoralmente se ha ganado el aprecio de 16 federaciones suplementarias presentes en la fase final del torneo, con la posibilidad de que el Mundial 2030 cuente con 64 equipos, propuesta sudamericana que no ha sido rechazada públicamente por la FIFA.
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Además, Infantino está a punto de regar con más dinero al planeta fútbol. La capacidad de redistribución de la FIFA es, de lejos, el punto más importante para cualquier presidente.
Cada federación cuenta con voto y tiene garantizados los mismos fondos, independientemente de su tamaño, un añadido considerable para los grandes países pero, sobre todo, una fuente indispensable para la mayoría de los votantes.
Halagos y "gobernanza excéntrica"
Si cada Mundial implica mantener buenas relaciones con el país anfitrión, Infantino ha hecho un esfuerzo particularmente notable para entenderse bien con el presidente estadounidense, Donald Trump, desde elogios a su política interior a la atribución de un Premio FIFA de la Paz creado para la ocasión.
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Incluso los detractores del italosuizo han considerado esta estrategia como racional, ya que el buen desarrollo del torneo en términos de seguridad, recibimiento a los participantes y a sus aficionados, depende del imprevisible dirigente estadounidense.