Valentina Zurita, de 18 años, estuvo durante cuatro días aquejada por intensos dolores en su pecho. La desesperación la llevó a consultar, no en uno, sino en tres centros médicos distintos para saber qué le ocurría. El caso de la joven abrió un debate en Argentina sobre la presunta negligencia médica que se cometió contra Zurita y ahora abre un caso que será investigado por las autoridades para establecer responsabilidades, porque los percances de salud estaban lejos de ser algo solo psicológico.
A la familia y los allegados de Valentina Zurita, residentes en Buenos Aires, los dolores les llamaron la atención desde el lunes 12 de octubre en horas de la tarde. “Ella no era de ir al médico, entonces me sonó raro. Ya cuando ella me marcó, sabía que algo pasaba”, dijo José Luis Zurita, el padre de Valentina, a La Nación. Con esa sensación y la sospecha, el papá de Valentina la llevó al Hospital Fernández para ser examinada. Allí recibieron una respuesta por parte de dos médicas, que hoy resuena en la cabeza de quienes ahora sobreviven a su pérdida: que el dolor de pecho se debía a unos problemas de ansiedad y depresión. “Me dijeron que no se podía hacer nada, que no tenía ningún tipo de enfermedad, sino algo psicológico”, recordó Zurita en la entrevista.
Pero el dolor no le dio tregua a Valentina. Al segundo día fue nuevamente a otro centro asistencial. Llegó al Hospital Rivadavia, pero el lugar estaba colapsado y tuvieron que esperar ocho horas. Por eso, Valentina y su papá fueron al Sanatorio Güemes para tomar una consulta particular. El profesional que los atendió les planteó que hicieran una tomografía: “Después de la consulta de mi hija, entré a preguntarle al médico si era realmente necesario el estudio, que costaba $350.000, y le pregunté cómo seguía el tratamiento, para saber si tenía que ir a buscar más plata. Me dijo que mi hija no tenía nada, que le pedían ese estudio para tranquilizarla”. El profesional le repitió que Valentina tenía ansiedad y solo le recetó clonazepam. (Lea: Detectan por primera vez el virus shamonda en un humano: Francia investiga el caso)
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El miércoles, la joven se descompensó nuevamente por la madrugada. “Me quieren hacer pasar por loca”, decía. El servicio de emergencias llegó después de que la Policía ayudara a llamar. Un médico la valoró por videollamada y dijo que era una dolencia muscular, no un infarto.
Ese mismo día, Valentina no mejoró. Otra vez fue al Rivadavia, pero nuevamente estaba colapsado. Entonces fue al Fernández, donde otros dos médicos le dijeron que era un ataque de ansiedad. Valentina, mientras tanto, se rasguñaba los brazos del dolor. Solo salió sedada de allá tras la consulta. La auscultaron y le hicieron un cardiograma; los profesionales solo evaluaron la posibilidad de que fuera una gastroenteritis. Solo le formularon clonazepam, un protector gástrico e ibuprofeno. (Le puede interesar: Murió menor de 10 años tras infección causada por ameba “comecerebros”: investigan posible contagio)
Pero la joven siguió mal, dejó de comer y empezó a vomitar hasta el agua. “Se le pusieron los pies verdes, la piel blanca, los labios morados; empezó como a convulsionar”, recordó su papá sobre el estado que tenía en la noche del jueves. Una ambulancia trasladó entonces a Valentina hasta el Rivadavia. Ese día, su padre se enteró de que su hija tenía diabetes tipo 1, que era desconocida hasta ese momento.
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Cuando llegó al centro asistencial, Valentina sufrió un paro cardiorrespiratorio. El personal la reanimó, pero le advirtieron a sus padres que revestía gravedad. Cuando la mamá de la joven iba a entrar para visitar a su hija, Valentina al parecer sufrió dos infartos más, hasta que su corazón dejó de luchar en el cuarto paro. Según la información que recibió su familia, la descompensación fue por una cetoacidosis diabética, que es definida como una complicación grave de la diabetes.
María Paula Rodríguez Rozo
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