En medio de la devastación que ha dejado el reciente terremoto en el Eje Cafetero, una historia de esperanza ha emergido desde las ruinas del barrio Álamos, en Pereira. Mateo Yepes, un comunicador social de 30 años, y su madre, Martha Cerna, una lingüista de 66, sobrevivieron al colapso de su edificio, donde se alcanzaron a despedir antes de recibir una segunda oportunidad.
La familia ya había vivido el sismo de 1999 en el mismo lugar, pero esta vez la magnitud fue implacable. Mateo relata con crudeza el instante en que el mundo se les vino encima: “Nuestro apartamento cae al vacío y después nos caen unas paredes encima". Ante la inminencia de lo que parecía un final inevitable, ambos decidieron usar sus últimos alientos para expresar gratitud. “Yo entiendo que me voy a morir. Mi mamá y yo entendemos que nos vamos a morir incluso desde arriba cuando nos despedimos decimos gracias mamá gracias hijo Gracias por esta vida fui muy feliz etcétera”, recordó Mateo desde la clínica Santillana en Manizales.
El "triángulo de la vida" y la angustia de Martha
Mientras que Martha logró quedar protegida por una pared que le permitió respirar, Mateo fue aprisionado por tres estructuras masivas: una en cada pierna y una tercera que presionaba su nuca hacia adelante, impidiéndole hablar. Para Martha, el silencio de su hijo fue la prueba más dura: “Hubo un momento cuando nos cayó el muro encima que yo le decía a Mate: 'Mate háblame, háblame Mate, dime algo'. Y Mate no me hablaba y esos creo que fueron los 10 segundos más horribles de mi vida porque pensé que Mateo se había muerto, que lo había aplastado la pared”. Ante la falta de respuesta, ella confiesa: “Ya como que entrego mi vida a Dios y me preparo para la muerte”.
La salvación llegó de la mano de un grupo de obreros que trabajaban cerca y corrieron hacia el edificio colapsado al escuchar los llamados de auxilio. Los rescatistas lograron retirar la estructura que asfixiaba a Mateo y posteriormente sacaron a Martha de entre los restos de su hogar.
A pesar de haber sido rescatado, las secuelas sensoriales persisten en Mateo: “Recuerdo mucho varias cosas, digamos el olor después de haber ya caído al vacío y sentir la mezcla de la sangre del barro de la tierra y todo en mis vías respiratorias; tengo ese olor muy presente”. Además, menciona que ciertos sonidos cotidianos le disparan memorias auditivas de las paredes fracturándose sobre ellos
Un vínculo inquebrantable.
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Hoy, tras ser atendido por luxaciones de cadera y fémur, Mateo reflexiona sobre cómo esta tragedia ha transformado su relación familiar. “Mi mamá y yo antes teníamos una muy buena relación pero yo creo que ahora se afianza más el hecho de haber sobrevivido, el hecho de haber podido despedirme de ella y de darle las gracias a ella por todo lo que me dio y viceversa”.
Esta historia, que comenzó con una despedida bajo toneladas de concreto, termina como un testimonio de resiliencia. Mateo, quien ha trabajado en medios de comunicación, no descarta volver a la profesión para narrar desde su propia experiencia las historias de quienes, como él, hoy tienen una nueva oportunidad de vivir.
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