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Quedó en coma tras bucear y perdió el habla, pero el amor incondicional de su pareja lo salvó

Julián Giraldo sufrió un accidente cerebrovascular y, con una poca expectativa de vida funcional, su recuperación junto a su pareja Carlos Laguna desafió toda lógica. Conmovedora historia.

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La historia de Julián Giraldo y Carlos Laguna es un testimonio de resistencia que comenzó mucho antes de que la tragedia golpeara a su puerta. Ambos construyeron una vida juntos, fundando una exitosa agencia de publicidad con sedes en Pereira y Bogotá. Sin embargo, la presión del crecimiento profesional generó fisuras. Mientras Julián perseguía la expansión internacional, Carlos buscaba un retorno a sus raíces. Aquel desacuerdo los llevó a terminar su relación sentimental.

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Pese a la ruptura, el respeto mutuo permitió una separación de bienes sin conflictos legales, basada en una confianza absoluta. Carlos intentó retomar la relación en varias ocasiones, pero Julián se mantuvo firme en su negativa. No fue sino hasta un viaje a Nueva York, donde Carlos se encontraba estudiando, que los roles se invirtieron. Julián apareció en su puerta con un ramo de flores pidiendo una nueva oportunidad. Aunque Carlos inicialmente se negó, en el aeropuerto, al despedirse, pronunció una frase que años más tarde cobraría un significado profético: "Puedes contar conmigo y puedo contar contigo en las buenas en las malas y en las peores".

El error de las 18 horas que salió muy caro

Julián, un apasionado del mundo submarino, viajó a Santa Marta para practicar buceo, una actividad que definía como su mayor placer en la vida. "Me apasiona el mar, las algas, los corales, peces grandes, peces pequeños, peces diminuto,s amo el mar", relató Julián con entusiasmo en Los Informantes. Durante su última jornada de buceo, consultó con su instructor sobre el tiempo prudente para tomar un vuelo de regreso a Bogotá. La recomendación fue de 18 horas, un margen que resultaría insuficiente.

El nitrógeno acumulado en el torrente sanguíneo durante la inmersión no logró disolverse adecuadamente. Al ascender y posteriormente volar, burbujas de este gas se desplazaron hacia su cerebro, bloqueando el flujo de oxígeno hacia las neuronas y provocando infartos en el tejido cerebral. Lo que Julián interpretó como una jaqueca común al llegar a Bogotá era, en realidad, el inicio de un colapso sistémico.

El 21 de marzo de 2017, la vida de Julián se detuvo. Al intentar levantarse de la cama, se cayó repetidamente debido a un mareo extremo. Presa del pánico y de un miedo irracional, tomó una decisión que dificultaría su rescate: cerrar la puerta de su habitación bajo llave. "Yo tenía muchísimo miedo de los fantasmas, entonces, la forma de quitarme ese miedo es cerrando la puerta como los fantasmas no entran y salen no atraviesan paredes", confesó Julián sobre aquel momento de confusión.

La difícil batalla por la vida que ganó Julián

Cuando Carlos, alarmado porque Julián no contestaba el teléfono para una reunión de trabajo, logró que un cerrajero abriera la habitación, el panorama era desolador. Julián estaba desorientado y físicamente colapsado. Tras una odisea para conseguir una ambulancia en Bogotá, llegó a la clínica habiendo perdido ya el 70% del lado izquierdo de su cerebro.

El diagnóstico fue un accidente cerebrovascular severo. Para salvarle la vida, los cirujanos debieron realizar una intervención extrema. "Quitaron el cráneo de mi cerebro y lo colocaron en mi barriguita porque esa inflamación tuvo que explotar, aquí tengo la cicatriz, es la cicatriz de guerra pienso yo", explicó Julián, mostrando las huellas físicas de aquel procedimiento. Durante 18 días permaneció en coma, conectado a ventilación mecánica mediante una traqueotomía y alimentado por una sonda de gastrostomía. Los médicos eran pesimistas: su expectativa de vida funcional era prácticamente cero, quedando reducido a un estado vegetativo.

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Fue en este punto donde la promesa de Carlos en aquel aeropuerto de Nueva York se puso a prueba. A pesar de que en ese momento Carlos tenía otra relación, decidió dedicarse por completo a Julián. "A nivel consciente yo decido estar con Julián", afirmó Carlos, quien se instaló en el hospital mientras su empresa sufría renuncias masivas y pérdidas económicas severas.

Un código secreto que nació del amor

La comunicación entre ambos renació a través de un juego que habían inventado meses atrás tras ver la película animada Río. El juego consistía en una serie de toques rítmicos. En la unidad de cuidados intensivos, Carlos probó este método: "Entonces yo le hice pam pam pam y le han hizo tan tan tan y ahí obviamente sale la declaración de amor más profunda de decirle que lo íbamos a lograr juntos".

El momento cumbre de su recuperación ocurrió cuando Julián despertó. A pesar de no poder emitir sonidos, comenzó a gesticular la letra de una canción de Katy Perry que sonaba en la televisión. Carlos recuerda con emoción cómo Julián intentaba seguir el ritmo de la canción "Roar", que habla sobre superar adversidades como un tigre. Poco después, Julián logró pronunciar sus primeras palabras, sorprendiendo al personal médico que no daba crédito a su avance.

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La rehabilitación fue extenuante. Julián tuvo que aprender de nuevo a caminar, comer y hablar. Solo cuatro meses después del accidente, regresó a la oficina como parte de su terapia. Carlos se propuso no permitir que Julián cayera en la categoría de discapacidad, involucrándolo en juntas directivas incluso cuando su comprensión era limitada en ese momento.

El regreso al mar y la familia que desafió las estadísticas

Un año después de haber estado al borde de la muerte, Julián tomó una decisión que aterró a su entorno: volvería a bucear. Con un certificado médico en mano y una voluntad inquebrantable, regresó a las profundidades marinas. Sin embargo, esta vez el objetivo no era solo admirar los corales, sino sellar su compromiso con Carlos. Debajo del agua, Julián le pidió matrimonio.

La pareja no se detuvo en la reconstrucción de su relación. Iniciaron un proceso ante el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) para adoptar, convirtiéndose en la primera pareja homoparental en Risaralda y una de las primeras en el país en lograrlo. La llegada de su hijo, Noah, se convirtió en el motor final de la recuperación de Julián. El esfuerzo por comunicarse con el niño ha sido su máxima terapia. "Sencillamente lo amo como Dios me ama a mí, yo siento que trascendí a amar a Noah, daría la vida por Noah", expresó Julián conmovido.

Hoy, Julián Giraldo no solo camina y habla, sino que es autor del libro 'Milagrosamente bien', una obra que escribió con la ayuda de Carlos, quien actuó como su escritor fantasma capturando las ideas y recuerdos recuperados. El título del libro es también un tatuaje que Julián lleva en su piel, un recordatorio permanente de que, como él mismo afirma, el amor y la mente pueden vencer incluso a la muerte.

*Este texto fue realizado con colaboración de un asistente de IA y editado por un periodista que utilizó las fuentes idóneas y verificó en su totalidad los datos. Cuenta con información y reportería propia de Los Informantes.

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