No hay familia dominicana que no cargue en su piel, en su memoria o en su historia familiar con una cicatriz física o psicológica de los 31 años que duró la era Trujillo. Blasimiro Mena Capellán es diácono de la parroquia San Pablo Apóstol, en la capital dominicana. El templo fue construido sobre las cicatrices que dejó La 40, una prisión de muerte durante la dictadura.
La cárcel aparece a lo largo de La fiesta del Chivo. "Esa cárcel terrible, la 40, esa que Balaguer derribó, donde ahora hay una iglesia", relata Vargas Llosa. María Velázquez es una colaboradora permanente del templo. Con ella recorrimos los sótanos, hoy convertidos en espacios de enfermería de la escuela parroquial. De sótanos de tortura pasaron a ser cuartos médicos.
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"Bueno, me cuentan... En ese lado de ahí era que tiraban a los muertos. Cuando yo vine aquí encontré allí la silla eléctrica. Después, eso porque la depositaron en el Museo del Hombre", contó la mujer.
Cárceles de tortura como La 40, cuya réplica se encuentra en el Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, eran utilizadas por Trujillo para que todos supieran a qué atenerse si pretendían traicionarlo. Así lo cuenta la ficción de la novela: "Él conocía a los traidores, los husmeaba antes de que supieran que iban a traicionar. Por eso estaba todavía vivo y tanto Judas se pudría en la 40, La Victoria, en Isla Beata, en las barrigas de los tiburones o engordaba a los gusanos de la tierra dominicana".
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Laura Pérez, codirectora del Museo Memorial de la Resistencia Dominicana, cuenta una historia que, aunque no hace parte de la novela, permite acercarse a ese pasado. "Esa foto es en la silla eléctrica. Esas fotos son de los expedicionarios del 59, los expedicionarios del 14 de Junio de Constanza, Maimón y Estero Hondo. Ellos buscaron un fotógrafo, que era fotógrafo de pasaporte, de la Dirección de Pasaportes, y lo llevaron a tomar esas fotos. Obviamente, ese fotógrafo quedó tan impactado que le pasó las fotos a su hermano, que era piloto de Dominicana de Aviación. Su hermano las sacó del país y, a raíz de eso, se conocieron en el extranjero y debido a eso vino la OEA. El fotógrafo y su hermano piloto al día de hoy están desaparecidos", contó Pérez.
La sociedad estaba sometida al miedo. De joven, Blasimiro lo vivió lejos de la capital. "En todas partes, en la ciudad y en los campos, incluso hasta en los campos más remotos, todo el que tenía una cuenta de tierra, una cuenta de res y una cuenta de cualquier cosa, en todas las unidades había un alcalde, pues iba y le decía: tenían que tener un letrero para ponerlo en la sala que decía: 'En esta casa Trujillo es el jefe', y eso era obligatorio", dijo.
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En la realidad histórica y en la ficción de la novela, el dictador contaba con un servicio secreto liderado por el coronel Johnny Abbes, quien fue una figura real del aparato represivo del régimen. "El coronel puede ser un demonio, pero al jefe le sirve. Todo lo malo se le atribuye a él y a Trujillo solo lo bueno", se lee en el libro.
El sacerdote argentino Armando Masín lleva dos años al frente de la comunidad y, después de escuchar numerosas historias sobre La 40, tiene dos lecturas sobre lo que significó la construcción del templo pocos años después de la caída del dictador.
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"Uno, al destruir un espacio que fue tan significativo por la crueldad que significó y al no dejar rastros prácticamente de aquello, podría ser eso, como que acá no pasó nada, hay que tapar todo, y eso es una visión bastante peligrosa de la historia. Por otro lado, podríamos mirar desde una visión un poco más positiva, decir: bueno, donde hubo tanto dolor, tanto sufrimiento, que surja un centro donde se genere vida, donde se proyecte vida, donde se proyecte esperanza, como es la iglesia, una escuela, un dispensario, también puede ser esa lectura que podemos hacer", explicó el sacerdote.
Trujillo: el poder sobre las propiedades y la vida de los dominicanos
Con la estrategia del miedo, Trujillo se apoderó del país. Todo era de él y de su familia. Laura Pérez explica cómo funcionaba la presión sobre los propietarios de tierras y negocios.
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"Le decían al dueño de lo que fuera, de una tierra, de una fábrica, del negocio que fuera, que a Trujillo le interesaba. Los acólitos, el círculo de Trujillo, se acercaban y le decían al propietario, que generalmente era un hombre, obviamente por la época y demás, le decían: 'Trujillo la quiere, le damos tanto'. Siempre era una cantidad muy inferior a lo que podría valer el bien que fuera. Y la persona le decía: 'No, imposible, o sea, con esto vive mi familia, yo no lo puedo dar tan barato'. Y le decían: 'No se preocupe, que no hay problema. Las viudas siempre venden más barato'", contó Pérez.
En la novela, Vargas Llosa pone a hablar a Trujillo sobre su obra y desde su ego:
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"Si esas empresas no fueran de la familia Trujillo, esos puestos de trabajo no existirían y la República Dominicana sería el paísito africano que era cuando me lo eché al hombro".
"Trujillo era dueño de la única fábrica de zapatos del país, la única fábrica de pintura. Era dueño de casi toda la producción del azúcar. Era dueño de prácticamente todo y todo lo que empezaba a producir un poco él lo adquiría por las buenas o por las malas", añadió la codirectora del museo.
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Trujillo era dueño y señor de la vida, la muerte y hasta la dignidad de los dominicanos. También sabía utilizar los favores del poder para obtener lealtades.
José Miguel Cordero recuerda las historias que le contaba su padre sobre las relaciones del dictador con mujeres jóvenes y los beneficios que recibían algunas familias.
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"Eran historias de esa época. Que supuestamente las mismas autoridades le buscaban jovencitas, que incluso había padres que se prestaban para entregar a su jovencita para cuando él terminara sus reuniones, presentársela. Esas son historias que se contaban. Incluso, supuestamente, cuando él se iba con esa jovencita, le construía una casa y al papá le daba unas prebendas, como tierras y cosas así", contó Cordero.
En la ficción de la novela, no solo los más pobres entregaban a sus hijas al dictador. También lo hacían algunos personajes de la élite. La escritora Carmen Imbert recuerda la controversia que generó la historia de un senador que entregó a su hija para recuperar el afecto perdido del gobernante.
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"Las élites tenían otra relación con... Y esa ofrenda de las vírgenes durante la tiranía involucró a las élites dominicanas y fue el episodio más controversial y más conflictivo de La fiesta del Chivo", enfatizó Imbert. Urania, la joven de la novela, es un personaje de ficción que se mueve entre figuras y circunstancias históricas.
"Urania es muchas personas. En Urania están muchas vírgenes. En Urania están muchas jóvenes que hoy son ya señoras seniles, que participaron, no por ellas, las llevaban sus padres, y eso nunca ha querido hablarse con esta crudeza que te lo estoy diciendo", añadió la escritora. Los personajes que rodean a Urania son ficticios. Así lo explican Lourdes y José Israel, guías de Vargas Llosa en República Dominicana.
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"Todo lo de Urania es casi ficción", dijo Lourdes. José Israel, por su parte, aseguró que "es parte también de la doblez de la oligarquía dominicana, que al mismo tiempo que le entrega la hija a Trujillo (...) se queja de ser víctima de Trujillo".
Entre los menos favorecidos, Trujillo se presentaba como padrino y protector. Por eso lo llamaban el benefactor.
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"Trabar una relación de compadrazgo con un campesino, con un obrero, con un artesano, con un comerciante era asegurarse la lealtad de ese pobre hombre, de esa pobre mujer, a los que luego del bautizo abrazaba y regalaba 2.000 pesos", escribió Vargas Llosa.
Imbert asegura que "en esa época había un campesino... Había una clase rural que ahora no existe. Él era el protector, el amo, el guía, el dios, el que daba zapatos, el que daba comida, el que daba desayuno".
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"Dios y Trujillo", escribió alguna vez Joaquín Balaguer, el hombre que lo acompañó durante tres décadas en el poder y que era presidente cuando el dictador fue asesinado.
José Guerrero, director del Museo de Historia y Geografía, explica esa relación entre la figura del gobernante y la religión. "Balaguer trata de mostrar que el país estuvo solo bajo las manos de Dios hasta que llegó Trujillo", señala Guerrero.
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La afirmación la hace en el salón donde se exhibe el carro en el que se movilizaba Balaguer durante sus años en el poder, tanto en la era Trujillo como después de la muerte del dictador. "Ya no estar bajo la mano de Dios, sino que Trujillo era el Dios en la tierra", añadió Guerrero.
Por eso, todo debía ser rebautizado, empezando por la capital, Santo Domingo, que, con la anuencia de un Congreso que operaba como manada, pasó a llamarse Ciudad Trujillo.
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Las hermanas Mirabal: el crimen que marcó la historia de la dictadura
El dictador dominicano Rafael Leónidas Trujillo destruyó familias enteras durante su largo periodo de poder, pero uno de los crímenes que tuvo mayores consecuencias políticas fue el asesinato de las hermanas Mirabal. Mercedes Reyes, la madre de Minerva, Patria y María Teresa, nunca volvió a sonreír.
"Nunca las recuerdo sonriendo. Quizás esa es tal vez la demostración más alta de, digamos, de lo que era ese dolor. Ella se vistió de negro y se vistió de luto para siempre. Nunca más se quitó el luto. Y a nosotros también nos vistió de luto cuando éramos pequeños. Esa era la tradición", contó Minou Tavárez Mirabal.
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Minou no había cumplido cuatro años cuando su madre, Minerva, fue asesinada el 25 de noviembre de 1960 junto con sus dos hermanas y Rufino de la Cruz, el conductor que las trasladaba de regreso a casa después de visitar a sus esposos presos en la ciudad de Puerto Plata.
"Esta era la entrada principal de la casa, o sea, del que venía a pie caminando. Y mi abuela, cuando a ellas las mataron, la cerró porque ellas salieron por ahí y mi abuela dijo que nunca más la iba a abrir hasta que ellas volvieran a vivir aquí", siguió relatando Minou Tavárez.
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Las Mirabal provocaban la ira del dictador por su participación en la lucha contra el régimen. Las tres estaban vinculadas al Movimiento 14 de Junio, aunque Patria no era integrante formal de la organización. "Patria no fue integrante del movimiento, pero en su casa se armaban las armas, se escondían", añadió su descendiente.
Vargas Llosa escribió en su novela que "en plena operación de limpieza de esa organización subversiva en la que estaban tan activas las tres hermanas Mirabal y sus maridos, su solo recuerdo activaba la bilis del generalísimo".
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Los hechos que rodearon el asesinato de las hermanas tienen un lugar central en La fiesta del Chivo. Para escribir la novela, el autor peruano viajó a República Dominicana y conversó con personas cercanas a la historia. "Cuando vino en esa ocasión a escribir La fiesta del Chivo, se pasó varios meses aquí, así que nos reunimos muchas veces y vinimos aquí a Salcedo, estuvimos aquí con él y en la otra casa, en la casa natal en Ojo de Agua", dijo Minou.
En la casa de la abuela, hoy convertida en la Casa Museo Hermanas Mirabal, se conserva el recuerdo de los días en que la familia vivió bajo vigilancia. Para Minou, uno de los recuerdos más antiguos de su vida está relacionado con la presencia de los agentes del Servicio de Inteligencia Militar.
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"Yo recuerdo que los ventanales de la casa eran de vidrio transparente y nosotros estábamos pequeños aquí, y estábamos todos viviendo aquí porque ya les habían desbaratado sus casas. El calié era el vigilante, el del Servicio de Inteligencia Militar, y entonces andaban por aquí caminando toda la noche y se asomaban a mirar cuando tú estabas adentro. Eso yo lo recuerdo clarito y había que hablar bajito y caminar a oscuras para que no pudieran mirar para dentro. Y mi abuela dijo: 'No, cambiemos las ventanas', y se pusieron ventanas de madera".
El acoso terminó en el asesinato de las hermanas y del conductor. El régimen presentó el caso ante la prensa como un accidente de carretera, pero esa versión no convenció a la población.
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Vargas Llosa escribió sobre la forma en que las autoridades intentaron explicar el crimen: "Aunque la justicia estableció que las hermanas y su chófer murieron en un accidente carretero, en el extranjero se presentaba como un asesinato político, ejecutado por el teniente Peña Rivera, jefe del SIM en Santiago al ocurrir la tragedia".
Después del crimen, Peña Rivera recibió la casa y los terrenos de Patria Mirabal. En La fiesta del Chivo y en los relatos históricos sobre la dictadura, la concesión de esos bienes aparece como una muestra de los beneficios que podían recibir quienes actuaban al servicio del régimen.
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"Los comités instalados por Estados Unidos seguían haciendo gran revuelo, exhibiendo aquella donación de tierras y de la casa de Patria Mirabal al teniente Peña Rivera como pago por el crimen", se lee en el libro.
Minou Tavárez recuerda lo que ocurrió después con la propiedad. "Llegó a hacer una fiesta ahí y después el rechazo era tan grande que no se atrevió y entonces desbarató la casa, se llevó toda la madera para Santiago, le hizo una casa en Santiago a una amante que él tenía allá y cuando vino la caída de Trujillo, la gente salió a las calles y quemó esa casa que había sido hecha con la madera de la casa de Patria, como rechazo a los asesinos", relató.
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Minerva Mirabal y la resistencia contra Trujillo
La muerte de Minerva, cuyo nombre revolucionario era Mariposa, afectó a los opositores del régimen y reforzó la decisión de algunos conspiradores de participar en el plan para asesinar al dictador.
Antonio Imbert, uno de los hombres que participó en la conspiración contra Trujillo, le contó a Vargas Llosa sus impresiones sobre Minerva. "Tony Imbert se dijo, después del asesinato, que hasta conocer a Minerva Mirabal nunca le pasó por la cabeza que una mujer pudiera entregarse a cosas tan viriles como preparar una revolución. Sus convicciones tan firmes y su elocuencia daban a sus palabras una fuerza contagiosa", escribió el autor peruano.
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La historia de Minerva ocupa un lugar central en la casa museo, que en 2026 conmemora los 100 años de su nacimiento. "Era muy valiente. Ella era muy... bueno, lo enfrentó directamente al tirano. Le decían: 'Minerva, te va a matar', porque había matado miles y miles de dominicanos. Y ella decía: 'Si me mata, yo sacaré los brazos de la tumba y seré más fuerte'", agregó su hija.
Después del asesinato de las tres hermanas, Dedé, la única que sobrevivió, asumió la crianza de nueve hijos: los tres suyos y los seis de sus hermanas.
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Minou explica el significado de esa decisión para la familia: "El gesto de amor inmenso que significa asumir de pronto una casa de tres a una inmensa de nueve y criarnos a todos para que, junto con mi abuela, esa tragedia, como decía mi abuela, no nos hiciera daño. Además, mi abuela siempre decía: 'A ustedes les mataron sus madres, ustedes son hermanos y hermanas'. Por eso nosotros decimos que somos hermanos primos, no primos hermanos".
Dedé nunca dejó de contar la historia de sus hermanas. La casa museo conserva los espacios en los que vivieron y objetos que permiten reconstruir sus vidas antes del crimen.
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Patria dormía en la misma habitación de su abuela y tenía un bebé de poco más de un año cuando fue asesinada. En el cuarto de Minerva se encuentran los símbolos del movimiento al que pertenecía, una fotografía de su boda con Manolo Tavárez y el diploma que el régimen intentó negarle.
La habitación de María Teresa conserva una trenza que Dedé cortó cuando fue a recoger los cadáveres de sus hermanas. También permanecen objetos recuperados en el lugar del crimen.
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"A ellas las mataron a palos, pero Trujillo lo que hacía era simular después que las mataban, los montaban en el vehículo y simulaban un accidente, y así lo reportaron, pero nadie lo creyó en el país. Entonces esas cosas se recuperaron: las carteras que ellas llevaban cuando regresaban de la cárcel, las carteras, esos zapatos, unos poemas que llevaba mi mamá, las cosas de Patria, y están aquí", dijo Minou mientras señalaba las pertenencias expuestas en el museo.
En Ojo de Agua, la casa donde nacieron las cuatro hermanas, un monumento les rinde homenaje. A un costado se conservan los restos del Jeep Land Rover en el que se movilizaban, otro elemento que recuerda los hechos del 25 de noviembre de 1960.
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La novela y la memoria de una sociedad frente a la dictadura
El asesinato de las hermanas Mirabal marcó la vida de Antonio Imbert y reforzó su decisión de participar en el plan para acabar con Trujillo. En la novela, Vargas Llosa reconstruye el dolor que le produjo conocer el crimen.
"El 25 de noviembre de 1960, Imbert sintió aquel aguijón en el pecho, inevitable cada vez que recordaba el lúgubre día: el asesinato de las tres hermanas, Minerva, Patria y María Teresa Mirabal, y del chófer que las conducía (...) En la cumbre, en lo alto de la Cordillera Septentrional, cuando regresaban de visitar a los maridos de Minerva y María Teresa, encarcelados en la fortaleza de Puerto Plata", escribió el autor.
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La novela generó controversia en la sociedad dominicana, especialmente entre sectores de las élites que habían mantenido relaciones con el régimen. Para Minou Tavárez, la obra de Vargas Llosa llevó a revisar responsabilidades que durante años permanecieron fuera de la discusión pública.
"Cuando aparece alguien así, con esa capacidad quirúrgica de meter el bisturí a donde hay que ponerlo, te obliga a verte por dentro, te obliga a mirarte con otros ojos que la comodidad de la cotidianidad no te permite hacer. Eso fue lo que ocurrió con la novela", afirmó.
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Sin embargo, Tavárez también cuestiona la interpretación que hace Vargas Llosa de Joaquín Balaguer, quien ejercía la presidencia cuando Trujillo fue asesinado.
En el libro se lee: "Habían pasado apenas cinco semanas de la muerte del generalísimo y los cambios eran considerables. Joaquín Balaguer no podía quejarse. En ese tiempo brevísimo de presidente pelele, un don nadie pasó a ser el auténtico jefe de Estado, cargo que reconocían tirios y troyanos y sobre todo los Estados Unidos". Para Minou, Vargas Llosa termina siendo demasiado generoso con la figura de Balaguer.
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La historia de Rafael Leónidas Trujillo y la de otros dictadores latinoamericanos forma parte del pasado, pero las advertencias sobre el autoritarismo continúan presentes en el debate público. "Lo terrible para mí en este momento es ver cómo la humanidad está así, poquito a poco caminando hacia esos nuevos totalitarismos, a donde se amenaza con darle de baja a alguien porque protesta o porque no está de acuerdo", aseguró Tavárez.
También afirmó que "son las modernas tiranías disfrazadas de democracia y la democracia se ha quedado en una promesa que ha sido incumplida hasta ahora".
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Durante la era Trujillo, gran parte de la sociedad dominicana se acomodó del lado de quienes obedecían y no de quienes cuestionaban el poder. Las hermanas Mirabal rompieron esa dinámica y pagaron con sus vidas su participación en la resistencia.
Sus historias, preservadas por sus familiares, los museos y los testimonios que alimentaron La fiesta del Chivo, permiten comprender las consecuencias de una dictadura que extendió el miedo a las cárceles, las propiedades, los hogares y las relaciones personales. Mantener viva esa memoria también significa reconocer a quienes se opusieron al régimen y recordar los hechos que marcaron la historia dominicana.
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