A Paloma Valencia, cuando era una estudiante universitaria en Los Andes, le daba “pereza” ir a un discurso al cual su mamá, Dorotea Laserna, le pidió ir. Se trataba del político Álvaro Uribe Vélez, quien para esos años (1995-1998) era el gobernador de Antioquia. Aún así, esa joven -alumna de derecho y de filosofía- decidió ir a esa charla y fue ahí cuando se le encendió una chispa.
Hoy, en su celular, amanece con más de 500 mensajes en sus chats de WhatsApp. Le escriben sus familiares, sus amigos y hasta personas que no conoce, quienes le piden trabajo o le envían denuncias sobre amenazas que están recibiendo. Ser la candidata presidencial por el Centro Democrático cambió su vida por completo en los últimos meses. “Uno creía que trabajaba mucho, pero este es otro nivel. Uno puede trabajar todavía más”, revela en Entrelíneas, una conversación con Juan Roberto Vargas, director de Noticias Caracol.
Confiesa que duerme 6 horas y las otras 16 son de atención permanente en la campaña presidencial y en el análisis de la actualidad del país. No le queda tiempo de nada e incluso hay momentos que siente la presión en el pecho por no estar tan pendiente de su hija Amapola, de apenas 9 años. Tampoco ve redes sociales y dice que, quienes la insultan, están perdiendo el tiempo porque ni se entera.
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“Con Amapola ha sido difícil. Siempre me he preciado de ser equilibrada entre el trabajo y mi niña. Mi marido (Tomás Rodríguez) está ahí. Ayer fue la primera vez que no la llevé a cortarse el pelo. Me da mi guayabo. Ella (Amapola) no dice nada, pero me da guayabo a mí. La vez pasada me dijo: “Como a mí me cría es mi papá””, contó Paloma, tocándose el corazón.
Paloma, de 50 años, ha estado inmersa en la política desde niña. Su abuelo, Guillermo León Valencia, fue presidente de 1962 a 1966 y aún le resuena en su cabeza una frase que él decía: “Uno torea los seis toros, pero uno por uno”. Su papá, Ignacio Valencia, fue senador durante buena parte de su vida y se recuerda de niña recorriendo los pueblos del Cauca, escuchando los problemas y las violencias que hoy siguen azotando a esos territorios.
¿Cómo fue la Colombia en la que creció Paloma Valencia?
Mi vida en Popayán fue normal, en un colegio de solo niñas con monjitas josefinas. La pasábamos felices. Vivía en una casa a las afueras de Popayán, era de campo, con perros, caballos y terneros. Estaba con muchas amigas. Lo arrastraban a uno en cueros y lo echaban abajo. También era una vida cerca de la violencia. El Cauca ha sido una tierra martirizada. Cuando era niña y adolescente eso eran secuestros permanentes, con secuestros de papás de amigos, muertes de amigos de mi papá o se tomaron tal pueblo. Había una zozobra permanente. Crecí con el sentimiento de la violencia persiguiéndome.
¿Por qué estudió filosofía?
Entré a estudiar Derecho y hago doble programa con Economía, hacía precáculos y cálculos. Un amigo llamado Aquiles Arriera me decía que qué pereza estudiar esos cálculos y me dijo que mejor estudiara filosofía, como él. Me metí a unos cursos de filosofía y, efectivamente, me puse muy feliz. La filosofía es muy chévere. Es ver el mundo desde diferentes ojos. Usted se mete en un mundo que es una cosmovisión, un sistema de pensamiento de unas mentes brillantes. Se puede ver el mundo desde diferentes ópticas. Son formas de pensar y ver el mundo distintas que hacen que la mente tenga que cuestionarse muchas cosas sobre uno mismo.
¿Hoy le ha servido la filosofía?
La filosofía enseña a pensar, hacer crítico en el pensamiento, a no creerse el cuento de que esta es la visión del mundo, sino que esta es una visión del mundo y hay muchas visiones distintas y complejas. Todas tienen una parte encantadora, pero aspectos donde el mundo es feo y difícil. Todos esos problemas filosóficos crean un hábito de autorreflexión. La filosofía es la disciplina de la autorreflexión, de no conformarse con las ideas que usted ya tuvo.
¿Cómo analiza desde esa perspectiva una sociedad tan polarizada?
Fui profesora de un curso que se llama retórica. Cuando uno entiende la retórica no es: usted tiene sus ideas y yo tengo las mías. La retórica es algo muchísimo más fuerte. Cuando las ideas se encuentran hay un argumento que tiene que ser capaz de ganarle al otro y tiene que surgir como un segundo movimiento donde hay un acuerdo. Uno se tiene que encontrar y producir una transformación de todas las ideas. No es solo la sociedad colombiana la polarizada, el mundo se ha ido encrespando con muchos temas y no somos capaces de tener conversaciones sobre los detalles. Uno puede encontrar maneras de solucionar yendo a lo pequeño y a lo cotidiano.
¿Qué la inspiró o encendió la chispa?
Veo para atrás y hay muchas cosas que me marcaron. El suroccidente del país (Cauca y Nariño) es invisible y lo sigue siendo. Es la región más transparente, es como si no existiéramos. Y ahora la túnica de invisibilidad se le ha ido subiendo al Valle. Chocó, Caquetá, Putumayo, Guainía y Vaupés son también hiperinvisibles. Siempre me parecía curioso cuando llegué a Bogotá que el suroccidente no existía, que parecía como otro mundo, como vivir en la Luna. Eso despierta un sentimiento de cómo así. Cuando entré a la Universidad, en el 1995, me impactaba todo lo que estaba pasando en términos de violencia que era desgarrador. Era un momento de la vida nacional cuando nos estaban matando, pero nadie hablaba de eso.
Empecé a ver letreros que decían hoy “mataron 20 campesinos”, “hoy se tomaron tal pueblo” y yo pensé: “Voy a participar en este grupo poniendo estos letreros”. Era una violencia que pareciera no tuviera que ver con el país, como sin doliente. Quizá por eso la primera vez que vi a Uribe a mí me impactó tanto. Yo fui no porque fuera aficionada sino porque mi mamá dijo que iba a ir el gobernador de Antioquia para que vayas y lo veas. Yo decía: “Qué pereza tan grande”. No sé por qué me convenció de ir. Lo vi en la Universidad de Los Andes, en el auditorio Lleras. A mí me impresionó. El señor decía que el país no podía continuar con esta violencia y que el Estado tiene que ocupar el lugar de la seguridad, esto no se resuelve con paramilitarismo. Este país va mal, acá no puede haber ni guerrillas ni paramilitares sino que se necesita un Estado que imponga la seguridad. Yo decía que era increíble que a uno le tocara encontrarse con ese discurso para sentir que alguien reconoce lo que está pasando. Fue una chispa total para mí.
¿Ahí se prendió la chispa?
Era un momento cuando la guerrilla se iba a tomar el país y entonces ahora los paramilitares defendían el país. Me acuerdo fidedignamente cómo Uribe dijo: “No señor, ni guerrilla ni paramilitares, el Estado”. Yo dije: esto es lo mío.
Pero a Uribe lo han vinculado con esos grupos…
En ese Gobierno (Uribe de presidente), yo vi a paramilitares desmovilizándose y sometiéndose a una justicia en una ley que no les daba impunidad y les tocaba pagar cárcel. Paramilitares que eran más grandes que el poder del Estado y les pusieron un pijama naranja presos en Estados Unidos. Unas guerrillas a quienes les tocó replegarse y empezaron las entregas individuales de miles de guerrillera y un país que empezó a sentir autoestima, otra vez, de que podíamos vivir sin violencia.
¿Qué ha cambiado en la sociedad de su niñez a la de hoy?
La sociedad colombiana se enriqueció mucho. El país de los 90 era precario e inviable. Ese crecimiento económico generó diferencias sociales y muchos defectos que se acentuaron, como el clasismo y el racismo. También pasó que perdimos población rural para convertirse en sociedades urbanas. Los retos de la urbanización no han sido exitosos, terminamos teniendo muchos barrios marginales y gente viviendo en condiciones indignas, con gente pobre desplazada y olvidada. Se volvió una sociedad más estratificada y separada.
¿Qué distancia enorme entre el país real y el país político?
Mi papá era senador por el Cauca y haciendo campaña la hacía era con rifas, como con equipos de sonido y lo rifaban para financiar la campaña. La política de mi papá era reunirse con la gente en los pueblos, conversar y recibir a la gente en la casa los domingos. Una fila de gente con problemas que había solucionar. La sociedad colombiana se volvió profundamente desconfiada y eso tiene que ver con los secuestros y los asesinatos. La violencia rompe mucho el tejido social y lo que vivimos hoy tiene que ver con esa violencia.
¿Qué piensa de la fe de los colombianos?
Vengo de una tierra que tiene su Semana Santa y de colegio de monjas. Siempre he estado vinculada a la fe. Eso es bonito del pueblo colombiano, su fe en Dios. Eso le permite confiar en un futuro mejor. Los colombianos nunca perdemos la esperanza; no es un país derrotado, es un país golpeado y en eso tiene que ver lo potente que es la fe de los colombianos y la confianza en Dios.
Los jóvenes de hoy no creen en nada, un millón y medio de colombianos se han ido para no volver, ¿qué piensa de esto?
Cuando los países no son capaces de progresar expulsan a la gente. Si uno no tiene un país que genere certezas sobre su futuro, usted para qué se va a quedar. En un mundo globalizada, usted dice me voy. La vida por fuera no es fácil, es durísima. Hay colombianos en el mundo en situaciones de pobreza y abandono. A las nuevas generaciones no les tocó mucho de lo que nosotros vivimos y tampoco les contamos. Son generaciones que están protegidas por el silencio del trauma de la violencia que nosotros vivimos. Ellos no entienden qué es lo que pasa en este país: un país que no conoce su historia está condenada a repetirla.
Pero hoy tienen más acceso a información…
Las grandes verdades de nuestra generación quedaron en entredicho. La gente no sabe distinguir entre información falsa y verdadera. La gente hoy recibe un mensaje y no se sabe si es verdad o mentira. Los polos que generaban el reconocimiento que es verdad hoy se desaparecieron. Decían que la educación es el camino para la sociedad y hoy aparece la inteligencia artificial que resuelve todo. No tenemos ni siquiera claro qué hay que enseñarle a un niño. Más desarrollo más bienestar y aparece el calentamiento global, y la cuenta del desarrollo va a ser cara y Colombia está entre los cinco más afectados. Muchas cosas que eran ciertas hoy tienen connotación de duda porque estamos ad-portas de un paradigma en el mundo.
¿Cómo se dibuja como presidenta en un país con tantos retos?
Como decía mi abuelo el presidente Valencia: uno torea los seis toros, pero uno por uno. Lo que no se puede dejar es que el agobio del país se nos vuelva un no se puede hacer nada; hay que ir resolviendo cada problema. Yo digo que hay dos problemas que son prioridad: seguridad y salud. Los colombianos necesitamos un sistema de salud que dé los medicamentos, atienda y no deje morir a la gente en la calle. No más Kevin con hemofilia y que digan que fue culpa de la mamá que lo dejó montar en bicicleta. Colombia necesita recuperar la seguridad: no más el pelado a quien mataron por robarle el celular, el mototaxista extorsionado, no más la toma de pueblos en el Cauca. Debemos tener un Estado capaz de proveer la seguridad. Acabar el cuentico que con la criminalidad lo que se necesita es darle abrazos, besos y ser comprensivos. Usted mete los hampones a la cárcel y el castigo estimula a que nadie cometa crímenes. Es la manera como se generan incentivos positivos y negativos en la sociedad, este país necesita hacer eso. No es posible que usted coja a un ladrón siete veces y vuelvan y lo suelten. Hay que tomar una serie de medidas para generar mejora gradual de todos los problemas (…). Se necesita un sector productivo que crezca. Uno no va a salir de pobre sino con riqueza. Colombia se está envejeciendo. Los colombianos no están teniendo hijos. Vamos a ser un país de viejos ricos o pobres. Cualquiera va a decir, como Pambelé, es mejor ser rico que pobre. Hay que enriquecer el país y se enriquece con el sector privado. El Estado no genera riqueza. Ese discurso de que el Estado lo tiene que hacer todo y un Estado, de modelo comunista o neocomunista, fracasó, como en Venezuela, Cuba y la Unión Soviética. Es un error.
¿Cómo se gobierna en medio de la diferencia?
Se gobierna con el respeto. La gente en Paloma ve a alguien muy fuerte, que da la pelea, que no se queda callada y defiende sus convicciones, pero en el Congreso aprendí a hablar con todo el mundo. Cuando la izquierda quiere sacar un proyecto en el Congreso y no hay mayoría, me buscan a mi para ponernos de acuerdo. La jurisdicción agraria, toda la negociación del Gobierno la hizo conmigo. La negociación está en los detalles. He descubierto que uno piensa que está distante, pero se encuentra un punto donde caben los dos. Dios está en los detalles y en lo chiquito (…). Para gobernar se necesita disposición de la oposición, sentarse con disciplina, pero no entregar los principios. En este país tenemos que oírnos más. Está uno muy solo a la hora de las decisiones. La soledad del poder es dura. El momento final de tomar una decisión el único responsable de lo que va a hacer o se hace es usted y su palabra es la que va a marcar de ahora en adelante.
¿Qué recuerda de esa niña para tomar decisiones hoy?
Vivir en una familia como la mía me ha dado la oportunidad de tener una gran educación y conversaciones entorno a una Colombia mejor y de visitar de niña con mi papá pueblos del Cauca que no eran propiamente ricos y a jugar con los niños de todos los estratos sociales. El país no puede tener 5.400.000 colombianos en pobreza extrema. Es inaceptable. No se puede tener familias que acuestan a los niños con hambre. Tenemos un país que tenemos los recursos para que eso no pase. Tenemos 16 millones de pobres a quienes debemos ayudar a que tengan crédito, emprendimiento, que se formen. Tenemos una tabla regresiva, entre más pobre es usted, peor es la educación que recibe. Eso hay que revertirlo. Mi obsesión es la revolución educativa. Es un principio que la educación es la que le abre las puertas. Me gusta pensar en un país donde la gente tiene oportunidades y se quiere quedar. Nunca he creído en las categorizaciones. A los que llaman de derecha dicen que no tienen política social, pero como reflexión fue el partido Conservador el que fue artífice del voto de la mujer. Mi abuelo tenía la obsesión de que les fuera bien a los colombianos más pobres. Los medicamentos genéricos eran para que la gente pudiera comprar medicamentos baratos o las casas sin cuota inicial.
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