La tranquilidad del municipio de Puerto Libertador, en el sur de Córdoba, se vio interrumpida el 28 de abril de 2025 con la desaparición de Edilma Rosa Guzmán Florez, una reconocida enfermera y docente de 46 años. Lo que comenzó como una búsqueda comunitaria desesperada, en la que participaron familiares, vecinos y la Guardia Indígena, terminó tres días después con el hallazgo de su cuerpo en un río y la posterior confesión del feminicidio.
El Rastro reconstruyó los hechos, reveló las pistas clave de la investigación y cómo se logró esclarecer este atroz crimen.
El día de la desaparición
Edilma Guzmán iniciaba su semana laboral el día de los hechos, dirigiéndose hacia una escuela rural en San José de Uré, un trayecto que habitualmente recorría en su motocicleta. Sin embargo, ese día nunca llegó a las aulas. En un primer momento, su ausencia no encendió las alarmas del rector, quien creyó que las lluvias habrían dificultado el paso por la trocha.
La preocupación surgió al día siguiente, cuando su mejor amiga y compañera, Kelly Johanna Mazo, notó que Edilma no respondía las llamadas, algo completamente inusual en ella. “Comencé a llamarla y, por mucho que estuviera ocupada, siempre contestaba el teléfono. Eso me generó un mal presentimiento”, relató la mujer sobre los primeros momentos de incertidumbre.
Su familia en Antioquia fue alertada de inmediato. Sharit Montes Guzmán, hija de la maestra, viajó desde Medellín para liderar la búsqueda, distribuyendo panfletos por todo el pueblo. “Yo nunca pensé tener que diseñar el panfleto de mi mamá desaparecida. Se me hacía raro porque en el pueblo todo el mundo se conocía y mi mamá no tenía problemas con absolutamente nadie”, aseguró la joven.
Un pasado de violencia y brujería
Tras la desaparición, los testimonios de los hijos y hermanos de Edilma revelaron un trasfondo de violencia sistemática por parte de Ángel Custodio Montes, con quien la docente mantuvo una relación de más de 20 años antes de separarse en diciembre de 2024. Según sus allegados, Montes era un hombre posesivo y agresivo que no aceptaba el fin de la relación ni el progreso académico de Edilma. Teresa Guzmán, hermana de la víctima, recordó un episodio violento: “Un día le vi un morado en la pierna, le pregunté y me dijo: 'Ángel me reventó una escoba en la pierna'”.
Otros conocidos aseguraron que “el hombre era muy agresivo, posesivo, celoso y machista”. Sin embargo, los señalamientos más perturbadores provinieron de Sharit Montes, quien relató presuntas oscuras prácticas por parte de su padre para controlar y retener a la maestra. “Él nos hacía brujería”, afirmó tajantemente la hija.
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Sharit describió un hallazgo que la marcó profundamente: “Le vi una botella pequeña y, adentro, tenía una gran bola de pelos. Me dijo: ‘ahí tengo al mismo diablo’”. Además, la hermana de la víctima aseguró que él la mantenía rodeada de velas y escritos.
Incluso, la familia recordó que en 2013 el hombre habría intentado incendiar la casa con su esposa e hijos adentro. “Nos íbamos a quemar, dijo que íbamos a quedar todos juntos”, relató uno de sus hijos. Ese episodio marcó un punto de quiebre, por ello, Edilma instaló nuevas cerraduras y comenzó a vivir con miedo constante, tomando medidas para protegerse de quien, según sus allegados, representaba una amenaza permanente.
El sujeto fingió su búsqueda tres días
Durante las 72 horas que duró la búsqueda, Ángel Custodio Montes se mostró activo y presente en los puntos de rastreo, simulando preocupación por el paradero de la madre de sus tres hijos. Mientras la comunidad y la Guardia Indígena Zenú recorrían las zonas rurales, Montes vigilaba de cerca los movimientos. Eger Guzmán, hermano de la profesora, relató que al llegar al punto donde se reportó el avistamiento de la motocicleta, el victimario ya estaba allí.
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Posteriormente, las investigaciones de la Policía y la cruda confesión del propio Montes revelaron la macabra intención detrás de su presencia en el río San Pedro. Según las autoridades, el hombre asistía a las jornadas de búsqueda para verificar que el cuerpo de Edilma, el cual había amarrado a su motocicleta, no saliera a la superficie.
La fría confesión del feminicida y su condena
El esclarecimiento del caso se dio gracias a tres hallazgos fundamentales. Primero, un video de seguridad del 28 de abril que mostraba a la docente saliendo de su casa en motocicleta a las 6 de la mañana. Luego, un comentario en redes sociales que ubicaba la moto en una vía rural. Y finalmente, el hallazgo del bolso de la maestra, enterrado en un lodazal, por parte de Narciso Manuel Osorio, guardia indígena y amigo de la familia.
“En mi vida se me va a olvidar ese momento. Para mí fue un día muy duro; mis hijos estudiaron con ella”, relató Osorio tras encontrar las pertenencias.
Ante la creciente sospecha y la confrontación directa de su hija Sharit, quien le recriminó audios amenazantes previos, Ángel Custodio Montes fue retenido por la Guardia Indígena. Ante ellos, el hombre confesó el crimen para salvaguardar su integridad física. “No me pude aguantar porque ella me dijo que no. Cuando ella me dijo que ya no quería vivir conmigo, ya”, dijo Montes, admitiendo que la había asesinado y lanzado al río amarrada a la moto para que los peces ocultaran el rastro.
El cuerpo de Edilma fue recuperado por su propio hermano, quien se lanzó al río San Pedro antes de la llegada de los buzos tácticos y halló la motocicleta con un costal amarrado. La inspección técnica reveló que la maestra presentaba signos de tortura y heridas causadas, aparentemente, con un destornillador. El subintendente Eduardo Peña, investigador del caso, señaló la frialdad del atacante: “Metió a la docente en unos costales, la amarró a la parrilla de la moto para posteriormente trasladarla al río San Pedro. Obviamente tenía todo fríamente calculado”.
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El 2 de mayo, la Fiscalía legalizó su captura. Cuatro días después, fue enviado a la cárcel y se le imputaron dos delitos por el crimen de su excompañera. Finalmente, el 15 de agosto de 2025, Ángel Custodio Montes aceptó los cargos ante un juez de conocimiento en Montelíbano. Ese mismo día, y debido a la aceptación de responsabilidad y a que no tenía antecedentes judiciales, obtuvo una rebaja de pena.
La justicia lo condenó a 31 años y un mes de prisión en el Centro Penitenciario de Montería, por los delitos de feminicidio agravado y ocultamiento de material probatorio. Sus hijos, que hoy enfrentan la pérdida de su madre, han manifestado que no pueden perdonar la atrocidad cometida por su propio padre. “Yo le dije que no era digno de absolutamente nada, dejaste a tu hija sin madre. Tú no eres digno de llamarte padre”, expresó una de sus hijas.
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El caso dejó una profunda herida en la familia y en toda la comunidad, que aún intenta asimilar los hechos con la que fue arrebatada la vida de una mujer recordada por su vocación de servicio y entrega a los demás.