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Noticias Caracol LOS INFORMANTES El duro testimonio de afectados por inundaciones en Córdoba: hay desolación y miedo

El duro testimonio de afectados por inundaciones en Córdoba: hay desolación y miedo

Familias en Córdoba enfrentan una emergencia sanitaria tras las lluvias de febrero. Entre escombros y traumas, denuncian el abandono estatal mientras intentan recuperar lo perdido en el lodo.

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La calma que suele haber tras la tormenta aún no llega al departamento de Córdoba. Semanas después de que un aumento en las lluvias durante la primera semana de febrero sumergiera pueblos, veredas y barrios enteros bajo el agua, los habitantes de sectores como el corregimiento de Leticia y el barrio Las Palmas, en Montería, enfrentan una realidad marcada por los sedimentos, la pérdida total de sus bienes y un sentimiento de desolación que aumenta a medida que el nivel del agua desciende. Lo que antes eran hogares y cultivos, hoy son terrenos cubiertos de basura, escombros y un olor espeso que delata una crisis sanitaria en curso. Los Informantes visitó el lugar.

El despertar en el barro: historias de pérdida total

En Leticia, un corregimiento ubicado a unos 20 minutos de la capital cordobesa, la vida de familias como la de José y Marielis cambió drásticamente en cuestión de horas. José, cuyo rostro refleja el agotamiento de quien ha dejado de dormir por el miedo constante, relata cómo el agua arrasó con el sustento que habían construido durante años. La fuerza de la corriente no solo se llevó enseres domésticos, sino también sus animales y cosechas.

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“Me aferré tanto a ese aparatico y yo decía 'no, en ese momento salió la compañera, la cuñada con los niños, los niños llorando, gritando y uno con nervios y eso pero tratándose de ser fuerte también, uno recogían lo que podía recoger, sus gallinitas sus cuestiones, los animalitos'”, recuerda José al describir el momento en que intentó salvar su motocicleta mientras su familia evacuaba en medio del pánico.

Al regresar a lo que queda de su vivienda, el panorama es desolador. Tras 11 años de convivencia, la pareja había logrado transformar un terreno de lonas y techos de zinc en una proyección de hogar más sólido, incluyendo un galpón de pollos para generar ingresos adicionales. Sin embargo, el agua alcanzó niveles que cubrieron camas y electrodomésticos, dejando tras de sí solo una estructura de madera y pilas de objetos inservibles. Según relata José: “lo que yo hice, el agua me lo arrasó prácticamente”.

La pérdida de la tranquilidad tras las inundaciones

Más allá de los daños materiales, la inundación ha dejado secuelas psicológicas profundas, especialmente en los menores de edad. En las zonas afectadas, el sonido del viento o la simple presencia de nubes grises dispara las alarmas en los niños, quienes asocian cualquier cambio climático con el desastre vivido en febrero. Muchos pasaron hasta 15 días refugiados en colegios mientras las lluvias no daban tregua, una experiencia que ha alterado su percepción de seguridad en el hogar.

José explica que su hijo pregunta constantemente sobre el regreso del agua: “Papi ¿va a llover? ¿se va a crecer el barro otra vez?”. La gravedad del impacto emocional llevó al padre a buscar refugio para el niño en casa de un familiar en Montería, buscando alejarlo del escenario de la tragedia.

Sobre la persistencia de este miedo, José reflexiona: “El niño está traumado, va a tocar llevarlo, que dure unos días por allá para que se le vaya pasando". Dijo. Pero la gravedad de la tragedia no se olvida de un día para otro.

Emergencia sanitaria y abandono institucional

En el barrio Las Palmas, el escenario no es más alentador. Javier, un estudiante de enfermería de 30 años, describe cómo las calles se han convertido en depósitos de desechos y aguas estancadas que emiten vapores insalubres. Las paredes de las casas aún conservan la mancha oscura que dejó el agua al subir casi un metro de altura, un recordatorio físico de los virus y bacterias que ahora respiran los habitantes.

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A pesar de la magnitud de la emergencia, los afectados denuncian que la intervención de las autoridades locales ha sido insuficiente. Aseguran que los propios vecinos tuvieron que pagar una maquinaria particular para remover la basura que bloqueaba sus frentes y generaba focos de infección. Javier señala la ironía de ver vallas electorales.

El llamado a la administración municipal y departamental es urgente. Los residentes exigen que el censo se traduzca en ayudas reales para mitigar el riesgo sanitario y recuperar la dignidad de sus condiciones de vida. Javier insiste en la necesidad de presencia gubernamental: “Solicitando como que ayudas de parte del alcalde que aprovecho aquí y lo llamo que se acerque a este sector que todavía estamos padeciendo, al alcalde de Montería, también al gobernador, por favor acérquense por acá”.

El impacto económico en el campo cordobés

Las cifras de la Alcaldía de Montería confirman que la devastación en el sector rural es crítica, dado que la gran mayoría de los damnificados dependen directamente de la tierra para sobrevivir. Se estima que hay 45.803 hectáreas afectadas y la pérdida de 75.827 animales. El paisaje ha sido alterado de tal forma que los expertos consideran que la tierra tardará cerca de cinco años en recuperar su vigor y fertilidad.

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En las veredas, el agua destruyó cultivos de pancoger como yuca, plátano y cítricos, que constituían la seguridad alimentaria y el único ingreso de cientos de familias. Los testimonios desde el terreno describen la pérdida total de las cosechas: “Mire todo esos plátanos para allá todo todo destruido, allá de aquel lado era puro pura naranja, casi todos perdimos todas las cosechas así”.

Vivir en alerta total tras el desastre

La situación en Córdoba se mantiene bajo una tensa vigilancia. A pesar de los días de sol, la población sabe que las causas de la inundación, que incluyen desviación de ríos y la falta de infraestructura técnica, no han sido resueltas. Muchos continúan durmiendo sobre colchones rescatados del lodo o en cambuches improvisados con palos y plásticos, compartiendo los pocos alimentos que logran intercambiar entre vecinos, como arroz, aceite y los escasos plátanos que quedaron en pie.

La frustración es el sentimiento dominante entre quienes vieron sus hogares bajo el agua. Para muchos, la imagen de la evacuación sigue presente como un momento de impotencia absoluta. Así lo describe uno de los afectados: “fue un momento muy frustrante para todo el querer hacer y no poder al ver que nuestras casas en el agua y salir uno llorando”.

Según la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo, la recuperación de estas comunidades, que abarca desde la seguridad alimentaria hasta la infraestructura, podría demorar hasta dos años.

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