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Cabezote sección Mundo Noticias Caracol 2025 DK

La fiesta del chivo: los lugares y las historias reales detrás de la dictadura de Trujillo

La casa de Caoba, las antiguas prisiones y los testimonios de quienes vivieron bajo el régimen de Rafael Leónidas Trujillo fueron parte del recorrido que ayudó a Mario Vargas Llosa a construir La fiesta del chivo.

La fiesta del chivo
La memoria de la dictadura dominicana en los escenarios de La fiesta del chivo
Noticias Caracol

La casa de Caoba, a unos 30 kilómetros de Santo Domingo, en República Dominicana, marca el principio y el fin de la era del dictador Rafael Leónidas Trujillo. Hoy está cubierta de maleza y abandonada, pero durante décadas fue utilizada por el generalísimo para cometer crímenes, entre ellos violencia sexual, y realizar operaciones clandestinas. Desde este lugar comienza un recorrido por la realidad que inspiró parte de la ficción de La fiesta del chivo, la novela del escritor peruano Mario Vargas Llosa.

Revisando viejos documentos, consultando bibliotecas, recorriendo distintos rincones de la isla y hablando con sus habitantes, Vargas Llosa construyó una de sus novelas más reconocidas. En ese trabajo contó con la ayuda de dos amigos dominicanos a quienes dedicó el libro: “A Lourdes y José Israel Cuello, y a tantos amigos dominicanos”, se lee en la dedicatoria.

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Lourdes Camilo de Cuello y José Israel Cuello fueron guías del escritor durante su investigación sobre los 31 años de la dictadura de Trujillo. José Israel recordó algunas de las inquietudes que el novelista le planteó cuando comenzó a indagar sobre el personaje.

“Dice: ‘Mira, yo vine a una cosa aquí que me la pagaron en Francia, pero el tema que me interesa es Trujillo. Me interesa esto y la picardía de Trujillo, las mujeres, Trujillo y la crueldad, Trujillo, los pícaros’”, contó Cuello al recordar aquellas conversaciones.

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Más de 25 años después de revisar en su biblioteca los libros de historia dedicados al generalísimo para ayudar a Vargas Llosa, José Israel volvió a consultar esos documentos para reconstruir la historia. Su conclusión sigue siendo la misma: “Trujillo no necesita ficción. Él no necesita ficción”.

Y es que José Israel no conocía esa época únicamente por los libros. Vivió en carne propia la persecución del régimen. Hacía parte de un grupo revolucionario que buscaba derrocar al dictador y, por esa razón, terminó en una de las prisiones más temidas de la época: La 40.

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“El 21 de enero del 60 me cogieron preso (...) En La 40 yo estuve como casi todo el mundo, ocho o nueve días. Te daban de entrada, te daban una pela terrible, desnudo”, relató.

En su lucha contra el dictador, Cuello llegó a tenerlo frente a frente. “Un día nos llamaron a un grupo al azar, nos llevaron a palacio para que nos reconviniera”, recordó.

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En La fiesta del chivo, Vargas Llosa describe a Trujillo como un hombre de mirada penetrante, capaz de intimidar a quienes tenía enfrente. José Israel, por su parte, considera que el dictador nunca aceptó que su poder estaba llegando a su fin.

“Él nunca hizo conciencia de que lo suyo había terminado. Él nunca hizo conciencia de que eso terminó y por eso murió en un charco de sangre”, afirmó.

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El escritor peruano plasmó esa mirada en uno de los pasajes de su novela: “Una mirada que nadie podía resistir sin bajar los ojos, intimidado, aniquilado por la fuerza que irradiaban esas pupilas perforantes, que parecían leer los pensamientos más secretos, los deseos y apetitos ocultos, que hacía sentirse desnudas a las gentes”.

Los lugares que ayudaron a reconstruir la historia de Trujillo

Lourdes Camilo de Cuello conserva un álbum fotográfico con recuerdos de las visitas de Vargas Llosa a República Dominicana, mucho antes de que recibiera el Premio Nobel de Literatura. En esas imágenes aparecen algunos de los lugares que recorrió el escritor para conocer de cerca la historia del dictador.

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Lo llevaron al Palacio Nacional, construido durante los años en que Trujillo ejerció un poder sin límites; a las calles y los parques de Santo Domingo, que durante su gobierno recibió el nombre de Ciudad Trujillo; a San Cristóbal, lugar de nacimiento del dictador, y a la casa de Caoba, en la Hacienda Fundación, de la que hoy apenas quedan maderas deterioradas.

El recorrido también incluyó las prisiones del régimen, lugares donde los opositores fueron sometidos a torturas y castigos.

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En La fiesta del chivo, Vargas Llosa describe la concentración de poder que alcanzó el dictador en los ámbitos político, militar, institucional, social y económico.

“Fue acumulando en todos los dominios —político, militar, institucional, social, económico— un poder tan desmedido que todos los dictadores que la República Dominicana había padecido en su historia republicana resultaban unos pigmeos comparados”, escribió el autor.

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Mientras cuenta estos episodios, Lourdes vuelve una y otra vez a las fotografías de su ilustre visitante. En ellas permanece el recuerdo de una investigación que buscó comprender cómo funcionaba la dictadura y cómo sus efectos marcaron a varias generaciones de dominicanos.

Las familias que todavía llevan las cicatrices de la dictadura

Antonio Imbert Barrera fue uno de los dos sobrevivientes del grupo que participó en el ajusticiamiento de Trujillo la noche del 30 de mayo de 1961. Después de la muerte del dictador, su hijo, Ramfis Trujillo, emprendió una persecución contra quienes habían participado en el atentado.

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Imbert murió por causas naturales en 2016. Su sobrina Carmen recuerda las consecuencias que tuvo la dictadura para las familias dominicanas y la forma en que el miedo condicionaba la vida cotidiana.

“Recuerda que en esa época era ser trujillista o morir”, aseguró. Con Carmen recorrimos el salón del Museo de Historia y Geografía, donde se exhiben objetos y documentos que dan cuenta de la violencia ejercida durante el régimen. Su padre, Segundo Imbert Barrera, también fue víctima de la dictadura, pese a que durante años había estado al servicio de ese mismo sistema.

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“Evidentemente, en el pueblo nuestro, donde crecimos, donde vivimos, en Puerto Plata, en el norte de la isla, era una familia de cierta importancia y evidentemente estaban cercanos al trujillismo local. En una oportunidad, Antonio Imbert Barrera fue gobernador de Puerto Plata (...) y Segundo era el jefe militar del poblado, del municipio, de la provincia”, relató Carmen.

Tanto ella como su tío Antonio compartieron sus recuerdos con Vargas Llosa y le ayudaron a comprender distintas facetas de la dictadura. Pero el escritor también buscó testimonios entre quienes habían apoyado a Trujillo y todavía defendían su legado.

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“Eso me lo dijo Mario Vargas Llosa a mí en la casa de Antonio Imbert Barrera. Compartió hasta con lo más abyecto que quedaba entonces de la tiranía y él pudo entrar a esos rincones tenebrosos de los adoradores del jefe”, añadió Carmen.

Escuchar a personas con experiencias y posiciones diferentes le permitió al escritor acercarse a las contradicciones de una sociedad marcada por el miedo, la obediencia y la persecución política.

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La noche que marcó el final de Trujillo

La novela está construida alrededor de la noche en que los conspiradores esperan a Trujillo sobre la avenida George Washington, junto al malecón de Santo Domingo. Allí se preparó el atentado que terminó con la vida del dictador y puso fin a más de tres décadas de poder.

No era sencillo enfrentarse a un hombre que había construido su régimen sobre la vigilancia, el control y la desconfianza. Trujillo sabía que las muestras públicas de lealtad no siempre significaban fidelidad.

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“La lealtad no era una virtud dominicana, él lo sabía. Durante 30 años lo habían adulado, aplaudido, endiosado, pero al primer cambio de viento sacarían los puñales”, escribió Vargas Llosa en la novela.

En esas páginas, el autor reconstruyó los últimos momentos del dictador y los relacionó con las historias de quienes vivieron bajo su mandato. La obra combina acontecimientos históricos, testimonios y personajes reales con situaciones y recursos propios de la ficción literaria.

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La fiesta del chivo es, en ese sentido, fruto de la investigación y la reportería del escritor, pero también de su imaginación como novelista. La realidad histórica sirve de punto de partida, mientras que la ficción le permite explorar las relaciones de poder, el miedo y las consecuencias personales de vivir bajo una dictadura.

Más de dos décadas después de su publicación, la novela continúa generando conversaciones y polémicas en República Dominicana. Su recorrido por los lugares vinculados a Trujillo y los testimonios de quienes conocieron las consecuencias de su régimen permiten volver sobre una etapa que dejó profundas huellas en la historia del país.

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Entre la casa de Caoba, las antiguas prisiones, los archivos y las fotografías que conserva Lourdes, permanece una pregunta sobre los límites entre la historia y la literatura: ¿hasta dónde puede llegar la ficción para contar una realidad que, como recuerda José Israel Cuello, parece no necesitarla?

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