Luis Esteban Chacón, conocido en plataformas digitales como "el zarquito", vivió de cerca la delgada línea entre la viralidad y la muerte hace apenas dos meses. El joven, residente de Cúcuta, decidió realizar un desafío que circulaba en internet: mezclar una libra de sal con jabón y agua para luego vertérsela encima con la boca abierta. Lo que parecía una prueba de resistencia para sus seguidores terminó en una emergencia médica inmediata que lo dejó sin capacidad de inhalar aire.
"Fue lo peor", dijo. La peligrosa mezcla le generó un trauma respiratorio que por poco termina con su vida: "Me quedé sin respiración, sentía que me echaba agua en la cabeza y me ahogaba", relató Chacón en Séptimo Día al recordar los segundos de desesperación tras cumplir el reto. Este incidente fue el punto de quiebre para un joven que había convertido su cuerpo en un escenario de pruebas extremas, motivado por la respuesta inmediata de una audiencia que, según sus palabras, demandaba cada vez más intensidad.
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Marcas físicas de la búsqueda de reconocimiento
El historial de autolesiones del Zarquito es extenso y visible. En sus brazos, abdomen y espalda quedan las huellas de desafíos anteriores donde utilizó objetos domésticos para herirse. Describe con frialdad cómo utilizaba utensilios de cocina para dejar registros permanentes en su piel: "Esta me la hice con tenedor, calenté el tenedor en la estufa y a lo que estuviera bien rojo pegármelo acá, así, pegarme el tenedor y doblarlo".
Además del uso de cubiertos calientes, el influencer admite haber empleado llaves, monedas, gotas de azúcar hirviendo y colillas de cigarrillo para marcarse. Su razonamiento en ese momento era simple: si el público apoyaba el contenido donde él sufría, él les daría más de eso. "Empecé marcándome como si fuera una vaca y la gente me di de cuenta que eso lo empezó a apoyar", confesó al explicar la lógica detrás de sus acciones.
De las agujas al fuego: la escalada de los retos virales
En sus videos pasó de retos calificados como "sencillos", que incluían arrojarse harina, café o aceite, a prácticas de alta peligrosidad que comprometían su integridad física. El Zarquito llegó a utilizar agujas para atravesar su rostro y coserse la boca frente a la cámara, buscando el impacto visual que garantizara los compartidos y los comentarios.
"Coserme, atravésame 10 agujas, cosernos así toda la boca, pasarnos la aguja acá, que salga acá arriba", describió sobre una de sus retos más extremos. También experimentó con fuego en un desafío denominado "las colas del dragón", que consistía en encender tiras de papel higiénico pegadas a sus manos, lo que resultó en quemaduras directas en sus extremidades: "Me quemé los dedos, me quemé las manos, todo". Para él, en ese entorno digital, "a la gente le gusta el dolor, pues vamos a darle al dolor".
La soledad tras la pantalla de un celular
Detrás de la exposición pública, la vida de Luis Esteban Chacón estuvo marcada por la ausencia de sus padres desde temprana edad. El joven creció bajo el cuidado de su abuela y encontró en el teléfono celular su único refugio y medio de conexión con el mundo exterior. "Pues mi infancia fue también muy dura, mis padres desde muy pequeño pues se alejaron y pues quedé en manos de mi abuela y de un celular", explicó sobre su vida familiar.
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Esa dependencia tecnológica se transformó en una necesidad de identidad a través de las redes sociales: "no sé qué sería de mi vida sin redes sociales, o sea, sin que yo no fuera nadie", dijo.
Lo que dicen los expertos sobre estos arriesgados retos digitales
El caso del Zarquito no es un hecho aislado, sino que responde a una tendencia creciente donde los jóvenes minimizan las consecuencias de sus actos a cambio de validación digital. David Bonilla, psicólogo experto en el tratamiento de adolescentes, señaló que la presión social actual ha cambiado los campos de reconocimiento; antes era el deporte, hoy es quién cumple el reto más arriesgado.
Bonilla argumentó que vivimos en una "sociedad del sí se puede", donde se le dice al joven que es capaz de todo, lo cual "genera una baja percepción del riesgo". Según el especialista, bajo esta mentalidad, un joven puede creer que tomarse 17 tragos o realizar una prueba física mortal "no pasa nada". Por su parte, Alejandro Castañeda, de la Asociación Red Papaz, advierte que la peligrosidad aumenta porque estos retos utilizan elementos cotidianos accesibles en cualquier hogar, como sal, azúcar o productos de limpieza, lo que facilita que niños de hasta 10 u 11 años intenten replicarlos sin supervisión.
El arrepentimiento y las secuelas imborrables en el cuerpo
Tras haber tocado fondo con el episodio del trauma respiratorio, el Zarquito ha cambiado su pensamiento. Aunque las cicatrices en su cuerpo son permanentes, su visión sobre los retos virales ahora es de rechazo absoluto. El joven reconoce que el beneficio económico o la fama momentánea no compensan el daño físico sufrido.
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"No quiero más retos porque lo que trae los retos son heridas, cosas graves para uno, ni el dinero lo puede curar", dijo. Su historia se suma a la de otros jóvenes en el país, como el trágico caso de María José Ardila en Cali, que demuestran que lo que se promociona en redes como un juego puede traer consecuencias irreversibles.
*Este texto fue realizado con colaboración de un asistente de IA y editado por un periodista que utilizó las fuentes idóneas y verificó en su totalidad los datos. Cuenta con información y reportería propia de Séptimo Día.