Durante la tarde del pasado jueves 5 de febrero, la vía que conecta los municipios de Fortul y Tame, en el departamento de Arauca, volvió a ser el escenario de un trágico hecho violento. Dos vehículos en los que se movilizaban trabajadores y miembros del esquema de seguridad del senador Jairo Castellanos fueron interceptados violentamente por un grupo de alrededor de 20 guerrilleros. Según le informaron los sobrevivientes al congresista, un vehículo se atravesó en la vía para impedir el paso; posteriormente, varios delincuentes descendieron para intimidar a los tres ocupantes de uno de los automóviles y lanzarlos al suelo.
Mientras estas personas se encontraban inmovilizadas, el segundo vehículo, en el que se transportaban los colaboradores de Castellanos, se llevó la peor parte. En cuestión de segundos, un grupo de aproximadamente 20 atacantes salió de entre los matorrales y, sin mediar palabra, empezó a disparar contra el automóvil en el que se encontraban Wilmer y Manrique, los dos escoltas de Castellanos que perdieron la vida de forma inmediata. El vehículo recibió más de 400 impactos de bala: sus ventanas quedaron prácticamente destruidas y la carrocería se convirtió en una estructura repleta de orificios, una imagen que recordó las crudas escenas de guerra que Colombia presenciaba en el pasado. "Esto es la tragedia de un país que no supera esos ciclos de violencia", relata, con la voz entrecortada y los ojos empañados por las lágrimas, el congresista Jairo Castellanos a Noticias Caracol.
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El entrevistado relató que se encontraba a pocos minutos de subir a una tarima cuando se enteró de lo que les ocurría a sus compañeros. Estaba, junto a otra parte de su equipo, haciendo campaña en una zona rural ubicada a pocos minutos de Yopal, cuando supo de la retención ilegal que sufrían sus escoltas. Inmediatamente se retiró del evento, se movilizó hacia una zona con señal y confirmó que varios guerrilleros habían secuestrado a tres trabajadores y acabado con la vida de sus dos protectores, a quienes consideraba prácticamente parte de su familia. "Wilmer llevaba conmigo ya 10 años... son personas que vieron crecer a mis hijos, que eran de la total confianza... se convierten en un miembro más de la familia. (...) Se les trata bien, se les da cariño porque son personas de confianza; termina uno compartiendo más con ellos que hasta con los propios hijos", manifestó Castellanos.
El asesinato de sus guardias fue un acto inhumano. Ambas víctimas eran hombres jóvenes que estaban formando sus familias y buscando salir adelante. Manrique, quien trabajó junto a Castellanos durante dos años, era padre de un niño de tan solo cuatro años. Su esposa vive en Cúcuta, se encuentra embarazada de su segundo hijo y esperaba con ansias el próximo lunes 9 de febrero, día en el que estaba programado el parto al que su compañero ya no podrá asistir. "Llegar usted a la casa de una señora con 9 meses de embarazo, ¿qué le puede decir? Son muchachos que ofrendan la vida por uno", lamentó el senador.
El caso de Wilmer, la segunda víctima fatal de este vil atentado, es muy similar. Este padre de familia, con quien Castellanos trabajó durante más de diez años, dejó a una hija pequeña y a su esposa, quien también se encuentra en estado de gestación; tiene seis meses de embarazo. "La esposa de Wilmer tiene 6 meses de embarazo. Dejan dos niños... esto es muy complicado", agregó Castellanos.
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Los otros tres trabajadores de Castellanos corrieron con mejor suerte en medio del terror del secuestro. Tras ser obligados a tenderse en el suelo y presenciar el acribillamiento de sus compañeros, fueron vendados, despojados de sus pertenencias y trasladados hacia un lugar desconocido. Alrededor de las siete de la noche, los delincuentes los obligaron a salir por una trocha hasta llegar a la vía principal, desde donde lograron caminar hacia Saravena para reencontrarse con sus familiares y seres queridos. Ninguno de ellos recibió mensajes dicientes por parte de sus secuestradores.
JULIÁN CAMILO SANDOVAL
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