Luana sigue sin poder hallar explicación a cómo es que ella y su mamá sobrevivieron después de que el tercer piso de una casa les cayera encima y las tapara por completo. Y mucho menos le halla razón alguna a que su mamá, María Janeth, haya sacado la fuerza para quitar todos los escombros de encima. Desde Pereira, esta modelo de 22 años cuenta la historia sin poder creer todavía que ella y su progenitora están vivas. Lo perdieron todo, pero encuentra tantas razones para vivir en medio de la tragedia. Su historia, tan llena de casualidades en el camino, tiene toda la cara para ser un milagro en medio de la catástrofe por el terremoto.
Las dos vivían en una casa arrendada del barrio Providencia de Pereira -del que ya no queda sino la mitad de las viviendas- junto a cinco gatos que la joven adoptó después de perder a su bebé. Luana en realidad se llama María Paula, pero decidió llevar el nombre de su hija nonata como un homenaje. Los gatos y el hogar que formó con su mamá en estos años fue la manera de llevar con el sentimiento de la pérdida. Janeth Ibargüen, que es oriunda de Bogotá, se dedicó muchos años a realizar el aseo en hospitales, pero su condición de salud física la llevó a trabajar en un negocio de empanadas.
Luana ahora vive en casa de su papá y su madrastra, con su mamá y cuatro de los cinco gatos, ya que no han podido recuperar al quinto y más pequeño. Janeth sigue yendo al barrio para buscarlos. Todavía no han sido censadas como víctimas y está pensando qué hacer, pues los arriendos en Pereira han llegado a precios muy elevados. Está en cama recuperándose de su lesión y espera que su rostro siga cicatrizando.
Así vivieron el terremoto en Pereira
El día del terremoto, doña Janeth tenía que ir a una cita médica a las 7:20 a. m., pero decidió levantarse temprano y cancelar el compromiso. Luana y su mamá estaban en la casa cuando el movimiento telúrico empezó. El miedo se apoderó de ellas y se abrazaron, pensando en que todo pasaría y volvería a la normalidad. Pero cuando Luana se dio cuenta de que el techo podría colapsar, tomó sin dudar a su mamá de la mano para salir. Cuando llegó a la puerta, la chapa cayó y ambas tuvieron visión de la calle. El exterior y uno de sus gatos en una de las ventanas fue la última visión que tuvo Luana antes de la destrucción. Después solo vino oscuridad. Podía sentir que encima de ella quedó su madre y lo demás que la aplastaba era puro concreto.
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Doña Janeth reunió todas las fuerzas posibles para despejar los escombros y expulsar hasta un muro de encima para poder salir. Una vez volvieron a ver luz mezclada con polvo, esta madre vio una escena dolorosa. Su hija María Paula tenía una gran herida en un lado de su rostro que no dejaba de manar sangre. El desespero se apoderó de ella al punto de arrojarse a los autos que pasaban para rogar ayuda. "Mi niña, ayúdeme, por favor, ayúdeme”, recuerda que decía.
El sismo las tomó tanto de sorpresa, que ambas estaban descalzas y Luana salió casi desnuda, tal como se había despertado ese día.
Nadie atendió el llamado. La situación se agravó cuando se dieron cuenta por error de que Luana tenía la pierna torcida y no podía caminar. Un vecino venezolano iba a llevarla en moto, hasta que unos vecinos la trasladaron hasta el hospital más cercano, donde le cosieron su rostro como se pudo y luego la operaron de la tibia y el peroné, donde ahora tiene placas. No sabe realmente qué clase de lesión lleva ni tiene imágenes diagnósticas por la urgencia con la que fue tratada, al igual que muchos heridos. La adrenalina del momento no le permitió a Janeth sentir, sino hasta mucho tiempo después, que tenía un dolor fuerte en el pecho, no solo raspaduras. La caída de todo el material sobre ella le fisuró, al parecer, una costilla. Una lesión que no ha sido atendida.
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La gravedad de las heridas de Luana
La herida de Luana era más profunda de lo que se pensaba y no fue bien limpiada en el primer sitio donde la atendieron. Esto le provocó una grave infección que requirió una posterior cirugía reconstructiva que le practicó el doctor Ricardo Pacheco, quien supo de la situación por doña Janeth y ofreció hacer el procedimiento de forma gratuita en las instalaciones de la Clínica Central del Eje. El médico encontró que la zona de las heridas en el rostro se estaba infectando y ya se estaba poniendo de color negro y le aseguró que era un milagro que no haya perdido un ojo y todavía conservara la movilidad en su rostro, porque estuvo a punto de comprometer un nervio.
Inmediatamente después de salir de la operación de Luana, no tenían a dónde ir y tuvieron que quedarse temporalmente a dormir en el suelo de un prostíbulo. Luego su familia dio con su paradero y terminaron, de manera inesperada, viviendo con el padre y la madrastra de Luana.
Las secuelas del terremoto: vivir con miedo y no dormir
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En la primera semana después del terremoto, Luana y Janeth no han podido dormir bien y siguen viviendo con miedo. Algunas pertenencias de su casa fueron hurtadas por inescrupulosos, incluyendo el celular de Janeth. Mientras que la joven tiene que permanecer reposando, su mamá ha ido y vuelto para recuperar algunas cosas, pero sobre todo a los gatos; los pequeños amores de su hija. Ambas tienen problemas para dormir y temen que la catástrofe vuelva a ocurrir. Luana sintió mucho miedo cuando la dejaron en el sexto piso del hospital. Admite que tiene duras secuelas: “Se va la luz o escucho un ruido en el techo y empiezo a llorar”.
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Pero aún habiendo perdido lo material, Luana está agradecida en cierta forma de que todo les haya pasado. “Mi mamá y yo éramos unas personas muy solas”, contó. Para ella es algo nuevo e inesperado ver que doña Janeth y su madrastra hablen después de 15 años. “Siento que es algo que nos hacía falta, como esa familia”. Allegados de Janeth que están en Bogotá también se volcaron a ayudarlas todo lo posible. Luana siente impotencia de no poder moverse ni ayudarle a su madre como quisiera, pero ahora lo toma como los días de descanso que nunca tuvieron las dos, para luego levantarse. “Eso nos dio un motivo más para seguir, aunque nos hayamos quedado sin nada, siento que más ya tenemos muchas más ganas de vivir y de seguir adelante. Y eso es increíble”.
María Paula Rodríguez Rozo
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