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El pedido de una mujer de 30 años por una muerte digna a través de un suicidio médicamente asistido

Por primera vez en Colombia, una mujer con trastornos mentales le solicitó al sistema de salud que le permita la muerte digna. No a través de la eutanasia sino de la figura del suicidio medicamente asistido. Su petición fue negada por su EPS porque este procedimiento no ha sido regulado. Catalina Giraldo Silva emprendió una batalla legal inédita. Esta es su historia.

El pedido de una mujer de 30 años por una muerte digna a través de un suicidio médicamente asistido

Catalina Giraldo Silva es psicóloga, tiene 30 años y le duele respirar. Lleva más de media vida lidiando con una tristeza sin tregua que la consumió por dentro. Como si una nube propia descargara sobre ella la borrasca todo el tiempo. "Es como una sensación de vacío con la vida, como que no hay sentido, que hay algo como que está mal. Yo ese vacío lo siento físicamente, lo siento en mi pecho y me duele", relata Catalina, quien dice que la hiere vivir, que es una tortura abrir los ojos cada mañana y que el planeta entero pareciera sentado sobre su pecho. Ni siquiera dormir puede porque las pesadillas se la tragan a zarpazos en el umbral de la madrugada. Su alma, devorada por la enfermedad mental, grita desde hace años "basta".

"Y yo siento que es un infierno, que, por ejemplo, sentir que el corazón se te acelera, que no puedes respirar bien, que te tiemblan las manos, que tienes ganas de lastimarte, que quieres hacerte daño, y luchar todo el tiempo con eso es muy desgastante también. A mí me cansa mucho tener que estar todo el tiempo lidiando con eso. Quisiera como poder apagar esas voces, apagar ese malestar y de pronto hay momentos en el día pequeños que se apagan, pero la mayor parte del día eso está como contigo a todas partes, a donde vayas, inclusive a dormir se va conmigo, no me deja descansar, no me deja en paz, es como que quisieras decirle “ya basta, vete por favor, déjame en paz", agrega.

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Su diagnóstico es complejo: padece trastorno depresivo mayor, trastorno límite de la personalidad y trastorno de ansiedad no especificado. Habiendo agotado toda posibilidad terapéutica sin ninguna mejoría clínica, después de probar 40 esquemas farmacológicos distintos, nueve hospitalizaciones psiquiátricas y tres ciclos de terapia electroconvulsiva, cansada de intentarlo todo para seguir en la brega de la vida, en 2025 Catalina tomó una decisión irrevocable: solicitar la muerte digna. "Porque para mí ya es suficiente", dice.

Pero no pidió la eutanasia sino otra figura que nadie ha utilizado en Colombia: el suicidio medicamente asistido. Es decir, que un médico le entregue el fármaco para poner fin a su vida y que ella se lo aplique. Es la primera paciente que invoca esta ruta de muerte digna en el país. Cumple todos los requisitos: padece una enfermedad grave, resistente a todo esfuerzo terapéutico, que le produce sufrimientos incompatibles con su ideal de vida diga. Por eso, en octubre de 2025, le pidió a su EPS, Sanitas, que le autorizara ese procedimiento.

"Yo he intentado acabar con mi vida y lo he hecho en maneras que han sido impulsivas, que, pues que, no han tenido digamos que, pues, el fin que yo deseaba que tuviera, pero eso no me han quitado las ganas de hacerlo. Pero al mismo tiempo tampoco quiero lastimar a mi familia. Entonces yo me he preguntado desde hace un tiempo si hay una forma segura de hacer esto, si hay una forma en la que yo no tenga que hacer esto a escondidas".

Catalina quiere poner fin a su vida, pero no de forma solitaria y clandestina, como le ocurre en general a las 700 mil personas que anualmente mueren de esta manera en el mundo. Algo así como todos los habitantes de Bucaramanga. Esta vez Catalina quiere que su familia la acompañe en el proceso, que el Estado le garantice su derecho a morir dignamente, que un médico especialista le provea de forma segura la droga para que cese de una buena vez la pena que desgarra su alma y que ella disponga cómo y cuándo tomársela sin depender de nadie más que de su propia voluntad y convicción para recorrer este camino inédito en Colombia.

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"Es un intento para que mi mamá y para que mi hermana no tengan que vivir esto de manera violenta, para que tal vez ellas, obviamente les va a doler, yo no digo que esto no sea doloroso porque va a ser doloroso, pero sería diferente a que si yo cometo esto por mi lado y lo hago de las maneras en que pensaba hacerlo. Tal vez de esta manera ocasione el menor sufrimiento posible. Tal vez de esta manera ellas me puedan acompañar en el proceso. Podamos hablarlo, podamos tener estas conversaciones, podamos saber qué vamos a hacer o cómo vamos a vivir estos meses", afirma la mujer.

La última esperanza de Catalina para salir de aquel pantano de zozobra sin fondo se desvaneció el año pasado, tras el fracaso del último tratamiento que hizo con un fármaco muy fuerte al que suelen responder los pacientes con este tipo de trastornos. Tras la certeza de haberlo intentado todo, su corazón estragado encontró paz en la idea de solicitar la muerte digna y así se lo comunicó a su mamá y su hermana.

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"Al principio fue muy difícil porque pues digamos un poco lo que quedaba era "te estás rindiendo, ya perdiste la esperanza, por qué no intentamos esto otro" (...) Pero yo intenté explicarles que estaba sufriendo e intenté explicarles mi dolor, intenté explicarles que esto no es una vida para mí (...) y lloramos y nos abrazamos y mi mamá y mi hermana me dijeron que lo que les estaba pidiendo era muy difícil, pero que me iban a acompañar. Que ellas me amaban y que iban a estar conmigo (...) Las personas acaban con su vida, las personas lo hacen aunque nos incomode hablarlo, aunque nos incomode tener estas conversaciones, y la gente hace muchas cosas y hace mucho daño. ¿Por qué tienen que ser de esta manera? ¿por qué no hay otra manera de hacerlo? Y yo creo que esta es una manera de hacer las cosas, es la manera más amable y más amorosa posible, porque para mí pedir el suicidio médicamente asistido es un acto de amor, un acto de amor conmigo misma, pero un acto sobre todo de amor con mi familia".

Pero ese acto de amor de Catalina hacia su familia se estrelló contra la burocracia institucional y la falta de regulación de esta forma de muerte digna. En mayo de 2022, en una sentencia histórica, la Corte Constitucional despenalizó el suicidio médicamente asistido al concluir que la justicia no puede perseguir penalmente a un médico que, en virtud del principio de solidaridad, le ayude a morir a un paciente que sufre una enfermedad crónica e incurable y padezca dolores incompatibles con la dignidad humana. Pero no reguló en la materia al considerar que era competencia del Congreso. Lamentablemente cuatro años después nada ha pasado, pues nuestro Parlamento parece alérgico a este tipo de discusiones. Quizá porque, según se oye decir, quitan más votos de los que ponen. Por eso, hoy el suicidio médicamente asistido está en un limbo: ningún médico puede ser procesado por practicarlo, pero a Catalina le negaron el procedimiento porque no está reglamentado.

A través de una carta, el 12 de noviembre pasado Sanitas le dio un portazo a su petición_ "No es procedente ejecutar el procedimiento ya que no existen condiciones normativas ni operativas para garantizar su realización segura y legal".

Catalina interpuso una tutela para hacer valer sus derechos a la muerte digna, con la asesoría de su abogado, Lucas Correa. "Lo que nosotros esperamos es que la Corte mire de frente esta barrera que el Ministerio de Salud ha creado al negarse a reglamentar y que resuelva el caso de Catalina, que se ordene que el procedimiento se haga y que ella pueda acceder a una muerte segura, acompañada y protegida, cuidadosa y amorosa, como es su deseo y el de su familia. Pero, además, de forma estructural, que la Corte le ordene al Ministerio de Salud en un plazo perentorio reglamentar la materia para que en la misma reglamentación que tenemos hoy en día de eutanasia quepa el mecanismo de la asistencia médica al suicidio. Al final, la única diferencia entre la asistencia médica el suicidio y la eutanasia es quién causa la muerte", explica Correa.

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Según Correa, a pesar de los esfuerzos del Estado y de la comunidad médica para prevenir este problema de salud pública, las cifras sobre el suicidio en la última década han venido en aumento. El promedio ronda las 2.800 muertes por año.

Correa comenta: "La asistencia médica al suicidio permite un fin cuidado, un fin amoroso, un fin protegido, que eso se opone a las muertes traumáticas que dejan profundas heridas no solo en quien fallece, sino en quienes lo sobreviven. La Corte tiene en sus manos un caso único, un caso excepcional, el primer caso público en donde quien decide morir está viva y le está diciendo a los jueces que quiere hacerlo de otra manera, que quiere hacerla de forma segura, con sus familiares, protegida, con un resultado sin dolor, sin sorpresa, sin sufrimiento".

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Mientras capotea la angustia que le provoca este permanente estado de incertidumbre, Catalina implora que la Corte revise su caso y escuche su clamor de auxilio. "Tal vez sea muy difícil, pero genuinamente estoy pidiendo ayuda y estoy pidiendo ayuda para mi familia también y estoy pidiendo ayuda porque es muy agotador, porque esto cansa mucho, porque estoy cansada (...) Y si yo he vivido una vida de sufrimiento, de dolor, yo quiero ya no callar y yo ya no quiero esconder esto, porque esconderlo es mucho trabajo".

María Ángela Silva ha visto a los ojos el precipicio que busca llevarse a su hija desde que tenía 13 años. Desde entonces, a pesar de su amor inconmensurable y ese instinto de madre protectora, la ha visto descender, escalón tras escalón, a ese abismo de tristeza insondable. "Yo no puedo concebir la vida de Cata como hoy. Eso no es vida para ella. Ella no está viviendo dignamente. No está viviendo", dice su mamá.

Al principio fue testigo de sus silencios, de su soledad infantil, de sus primeras crisis adolescentes, de las pesadillas a medianoche, de la sangre en sus muñecas. Y, luego, de los antidepresivos, las consultas con psiquiatría y, finalmente, sus intentos por autolesionarse de forma fatal. Hace dos años, durante una de las hospitalizaciones, leyó la bitácora que había dispuesto Catalina para despedirse de este mundo. Todavía recuerda vívidamente el espanto que le trepó por el cuerpo.

"Yo abro el computador de ella, no es que yo no hubiera leído sus escritos, pero leo la primera carta con todo y la lista y la música que va a poner, el hotel que había reservado, los medicamentos que se iba a tomar, la despedida de la primera psicóloga, y una cosa es leerlo cuando ella no está allá que cuando está afuera en la clínica. Sus brazos son solo cortes embellecidos con tatuajes. Por eso nos tatuamos hoy en día. Ella no ha hecho sino tratar de embellecer su historia como como el kinzuki de tratar de reponer lo que se rompe. Ese día yo me rompí (...). Me imaginé de todo, me imaginé de todo. Dije: “yo qué voy a hacer si Cata no llega a la casa, se va a hacer en un hotel, yo dónde la voy a ir a buscar si yo no voy a saber que va a estar en un hotel, me va a tocar ir a reconocer su cuerpo, si no lo logra va a quedar como un vegetal y me va a tocar a mí tomar la decisión de desconectarla, porque es algo que para mí es coherente”. Y yo no podía pensar sino en el dolor que iba a pasar después y en el dolor que ella tenía que vivir al hacerlo a escondidas y sola, con el sentimiento de culpa que nos está haciendo daño, que ha intentado vivir por la hermana y por mí todos estos cinco años, pero que se cansó y que ya no puede más y que nos va a causar un dolor infinito, pero que lo va a hacer a escondidas. Eso no es digno para nadie".

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Convencida de que su hija menor no tiene por qué prolongar más este viacrucis infame, a sus 58 años cumplidos María Ángela Silva tiene una mirada más compasiva de la muerte digna: "¿Cómo no voy a acompañar a mi hija a partir cuando su vida físicamente le es imposible vivir un día sin sufrimiento, cuando yo la ayudé a llegar a este planeta? El amor de madre es el amor más egoísta que hay. Pero si yo me pongo un paso más arriba del amor, desde lo más puro -o así lo entiendo yo- me desapego de querer obligar a tener a alguien así sufra a mi lado. Yo no puedo vivir feliz viendo sufrir a una hija porque está haciendo todo lo posible para que yo sea feliz y ella está sufriendo".

Por eso acompaña la decisión de Catalina, pero eso no quiere decir que no espere un milagro. El año pasado, tras una cita de rutina, le descubrieron cataratas en los ojos. "Cuando me dice la oftalmóloga eso me puse a llorar. Me dijo: “Pero no te vas a quedar ciega, es operable, no sé qué”. Le dije: “No, es que no, yo sé por qué esto me está pasando”. Se quedó mirándome como sorprendida y le dije: “Es que no quiero ver morir a mi hija”. O sea yo estoy tomando una decisión de acompañar a mi hija, pero eso no quiere decir que yo no quiera que pase un milagro".

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Y si no pasa, porque la determinación de Catalina parece no tener reversa, quiere estar a su lado en ese último instante. Claro, si la justicia y el sistema de salud avalan el suicidio asistido.

"Si ella me permite, a ella le cuesta que la toquen mucho, pero si ella me lo permite, y ese es un deseo que le voy a pedir, yo le sostendré una mano y con la otra ella pues tendrá que tomar su decisión, pero estaré ahí presente y la acompañaré y sé que la hermana también. ¿y ese, más allá de haberle dado la vida, es probablemente el acto de amor más grande que vas a hacer como mamá? Sí, creo que tenía tres, pero este le quita la capa todos. O sea, creo que las mamás que han perdido un hijo o una hija por suicidio van a entender que esto es un acto de amor verdadero, que es una oportunidad que creo que si se las hubieran dado no las no las hubieran negado. Y así lo dice Piedad Bonnett al final del libro".

María Ángela se refiere al libro "Lo que no tiene nombre", de la escritora Piedad Bonnett, donde narra la historia de desgarro y de duelo por el suicidio de su hijo Daniel. En la última página escribió lo siguiente: "Dani querido. Me preguntaste alguna vez si te ayudaría a llegar al final. Nunca lo dije en voz alta, pero lo pensé mil veces: sí, te ayudaría, si de ese modo evitaba tu enorme sufrimiento. Y mira, nada pude hacer".

Hoy Catalina siente una profunda admiración por su madre. Porque fue capaz de decirle en vida: "Aquí estoy, yo te ayudo a llegar al final".

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Salimos de su casa, ubicada al norte de bogotá, tras las primeras dos horas de entrevista. Caminamos para tomar un poco de aire y llegamos a un parque para unas últimas preguntas. Ahí me cuenta que es atea, que quizá todo sería más fácil si creyera en Dios y en una vida más allá de esta vida que le tocó. Pero no hay caso. "Espero que no me vayan a hacer una misa", dice. "No tengo a Dios, pero tengo a mi familia".

Entonces se atreve a mostrarme sus tatuajes. Son una forma de apropiarse de su historia pues sus brazos están llenos de cicatrices. Lleva años cortandose para que otro dolor, el dolor físico, el de la carne que se abre, el de la sangre que emana, le permita un respiro al dolor que carcome su alma. "Fue una forma de decirle a mi cuerpo como “No es de la ansiedad, no es de la depresión, no es de las autolesiones, es mi cuerpo”, y yo decido contar esta parte de la historia con mis cicatrices o con mis tatuajes (...) pues en mi antebrazo está mi historia yo creo, están unos cuadros que yo decía que era un poco como embellecer las paredes de mi hogar".

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Catalina sabe que en este país de hinchas será juzgada implacablemente por muchos. Pero prefiere pensar que su voz y esta lucha legal que emprendió pueda hacer sentir menos solos a todos esos seres que no encuentran sosiego nunca, como ella. Tal vez, dice, el suicidio medicamente asistido pueda ser un destino un poco más benévolo para ellos y sus familias.

¿La psicóloga Catalina Giraldo, qué le diría a la paciente Catalina Giraldo en este momento de su vida? "Que lo ha intentado, que lo ha intentado todo y que está bien, está bien decir es suficiente", responde. "Para mí, en este momento, la muerte es un alivio".

Si la lentitud de la justicia usualmente resulta angustiante para la gente, imagínese usted lo que significa para una mujer en eterno estado de dolor que suplica que la dejen partir, ojalá mañana mismo. Catalina ha intentado quitarse la vida en nueve ocasiones. Hoy resiste con todas sus fuerzas el peso aplastante de respirar para que la décima sea segura, acompañada de un médico, sin dolores traumáticos y sin violencia. Ella aguanta la vida para morirse a su manera. Quiere ser la primera en acceder al suicidio médicamente asistido. Ese es su legado: abrir el camino.

JUAN DAVID LAVERDE
NOTICIAS CARACOL

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