Durante muchos años lo que ocurría dentro de las calles y casas del Bronx era considerado una leyenda urbana. Decían que eran historias posiblemente exageradas y causadas por las sustancias que las personas consumían en ese lugar de Bogotá. No fue sino hasta que las autoridades intervinieron y desmontaron la red que allí operaba que se descubrió que las torturas, los asesinatos y hasta eso de que comían humanos no era tan descabellado.
Ahora, Óscar Rosas, uno de los adictos y habitantes de la calle que pasó años en el Bronx cuenta lo que presenció y fue obligado a hacer allí. Tuvo una historia de ascenso dentro de la banda de Los Sayayines, los criminales que controlaban el Bronx, ganándose su confianza y presenciando algunas de sus actividades más crueles y peligrosas.
¿Cómo llegó al Bronx?
Antes de entrar a ese mundo tenía una vida que lo proyectaba a ser uno de los mejores chefs del mundo. Pasó por restaurantes de Estados Unidos, Brasil, Italia y Holanda; sin embargo, detrás de ese posible éxito laboral, desde muy joven había empezado a consumir sustancias metiendo en problemas a sus padres, quienes cansados de la situación lo mandaron a estudiar a Nueva York.
“Era un problema para mi familia. Yo empecé [a consumir] a los 13 años. Mi mamá que era mi alcahueta me dijo: ‘mijo, cambie, váyase y deje de consumir’. Pero resulta que conocí la heroína, entonces cambié la coca, la marihuana y el bazuco por la heroína. En ese entonces nos la inyectábamos debajo de la lengua o en los genitales porque estábamos estudiando, para no dejar tanto pinchazo”.
Rosas probó sustancias y métodos para consumirlas a su antojo estando fuera del país, pero en medio de sus momentos de lucidez destacaba en las cocinas de los hoteles en los que conseguía trabajo. Desafortunadamente, esos empleos le duraban pocos meses porque eventualmente llegaba drogado y formaba escándalos.
Recorrió el mundo cocinando, pero en ningún lugar lograba dejar la droga, ni siquiera estaba seguro de querer hacerlo. Finalmente, un día decidió que dejaría ese estilo de vida atrás y regresó a Colombia. “Llegué a Bogotá porque quería comprar una finca en Tenjo, quería formar mi familia, iba a dejar las drogas, iba a tener todo. Solo iba a fumar marihuana”.
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El propósito duró poco, pues a la semana se aburrió de fumar marihuana y fue en búsqueda de sustancias más fuertes. Así llegó al barrio Santa Fe, en pleno centro de Bogotá. Perdió su carro y lo que había logrado, pasaba sus días drogado y cada vez más adentro del Bronx.
Exhabitante del Bronx confirma que comían humanos
Para seguir teniendo acceso a su dosis, Óscar empezó a trabajar dentro del Bronx. Empezó limpiando las calles, luego vendiendo drogas y hasta llegó a ser de las personas que pesaban y armaban los paquetes de drogas. Los Sayayines, atentos a su desempeño en los diversos trabajos, también notaron la destreza que tenía en la cocina así que varias veces lo contrataron para preparar la comida de sus excéntricas celebraciones.
“Yo les cocinaba para la novia, que nació el hijo, fiestas privadas y de derroche”. Pero esa habilidad lo llevó a pasar los peores tres años de su vida. Un día Los Sayayines decidieron meterlo a un túnel dentro de una de las casas del Bronx, del que no salió durante tres años y donde fue obligado a cocinar para ellos y para los habitantes de calle.
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Escuchar su historia puede causar muchas emociones y sensaciones en el cuerpo. Óscar todavía recuerda el primer día que notó que lo que cocinaba eran humanos.“Saco lo que está en la bolsa de cuero, la extiendo. Cojo el ajo, cojo la cebolla, pero miro bien la carne y era un cuerpo humano completico, sin pies, sin cabeza, sin manos, sin huesos. Miro al sayayin y el sayayin me pega con la culata, le dije ‘no voy a cocinar eso, eso es piel humana’, me dijo ‘no solo lo va a cocinar, lo va a probar y se lo va a comer, o si no nos lo comemos a usted’”.
Así fue su vida a diario, recibía palizas cada vez que se negaba a cocinar humanos, pero se mantenía adicto y anhelaba esos segundos de escape que le daban las drogas. “Era una cañería antigua de Bogotá, lo único que cabía era la mesa, el muerto y muchos extranjeros. Era un restaurante de caníbales”.
Finalmente logró salir de ese sótano el día en que intentó quitarse la vida cortándose el cuello con una botella de vidrio, lo que llevó al sayayin que lo custodiaba a sacarlo de ahí. “Salimos por una puerta al parque de los Mártires y ahí me dejó botado”. Fue llevado a una clínica, donde lograron salvarlo y cuando él empezó a contar lo que había vivido los últimos tres años, nadie le creyó. “Me declararon loco, chiflado, porque yo decía que yo comía gente que yo sabía todo. Decían que fue una mala traba”.
Lo que hallaron las autoridades en el Bronx
El relato de Rosas es tan impactante, difícil de creer y peligroso que, antes de contar todos estos detalles en Los Informantes, Óscar habló con personas que también fueron testigos y sobrevivieron para evitar que por esto su vida corriera peligro.
Pero su historia sí está confirmada por las autoridades y los agentes encubiertos que estudiaron el Bronx para hacerlo caer definitivamente ese 28 de mayo de 2016, cuando en un operativo con 2.500 uniformados de policía, CTI y ejército intervinieron en las calles del barrio Santa Fe y destaparon casas, túneles, sacaron miles de adultos y niños que eran explotados sexualmente.
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“Nosotros teníamos agentes encubiertos que se hicieron pasar por habitantes de la calle y nos daban información en tiempo real, cuando se hace la intervención uno de ellos me aborda y me dice: ‘estos son los lugares donde alimentan los habitantes de la calle, aquí incluso cogen seres humanos, los descuartizan, los trituran y se los ponen a los habitantes para que se los coman en estas bandejas’”, recordó Julián Quintana, director del cuerpo técnico de investigaciones del CTI.
Ahora, Óscar Rosas vive con su esposa en Floridablanca, Santander, en una casa en la que priman las imágenes religiosas y donde tiene su fundación para rehabilitar a personas adictas a las drogas, a las que quiere ayudar a salir de ese infierno. “Es un sitio para sentir paz”.