El reciente sismo que afectó a Venezuela, un evento de magnitud 7.5 que ha dejado un saldo devastador de estructuras colapsadas y un profundo impacto humano, pues la suma de fallecidos ya asciende a 4.118, se ha convertido en un espejo técnico para los países de la región como Colombia. Tras una misión de seis días en las zonas de desastre, Carlos Arteta, ingeniero civil, doctor en ingeniería sísmica y profesor de la Universidad del Norte, ha compartido hallazgos críticos que Colombia debe integrar para fortalecer el conocimiento en torno a estas tragedias y cómo enfrentarlas.
Más allá de la magnitud, el efecto del sacudón
Una de las principales conclusiones de la misión técnica, integrada por expertos de la Universidad del Norte, la Universidad Central de Venezuela y la Universidad de Stanford, es que el daño no se explica únicamente por la energía liberada o magnitud del terremoto. El problema central radica en la intensidad y en un fenómeno conocido como efecto de directividad.
Según explicó el ingeniero Arteta en Noticias Caracol, en zonas como La Guaira se presentó un pulso sísmico: "Básicamente no son muchas sacudidas, sino es un solo sacudón muy fuerte que puede explicar, en parte, la gran cantidad de colapsos observados". Este tipo de efectos de campo cercano ocurre cuando las poblaciones se encuentran a escasos kilómetros de la falla. En el comunicado oficial, Arteta profundizó en que “estos pulsos son efectos de campo cercano en los que parte importante de la energía puede concentrarse en pocos ciclos intensos de movimiento, lo que puede generar demandas significativas en estructuras cuyo periodo de vibración se aproxima al periodo del pulso”.
Vulnerabilidad de las edificaciones y los códigos de construcción
La tragedia en Venezuela reveló una realidad preocupante: no solo colapsaron estructuras antiguas, sino también edificios modernos. Arteta señaló que en ciudades latinoamericanas típicas existe un inventario de construcciones previas a mediados de los años 80 que no cuentan con normativas de sismorresistencia. En el caso colombiano, el primer código apareció en 1984.
Sin embargo, el experto advirtió que en La Guaira se observaron colapsos en edificios de los años 50 y de la década de 2010. Esto obliga a los ingenieros a replantear los objetivos de desempeño de los códigos actuales. "Nuestra obsesión es ir a estos lugares, aprender del terremoto y enseguida vincularnos en nuestras asociaciones de ingenieros para poder cambiar el código de construcción", indicó la Universidad del Norte en un comunicado. Colombia, que utiliza versiones del código del American Concrete Institute (ACI) y cuenta con la Asociación Colombiana de Ingeniería Sísmica (AIS), explicó el experto, debe procesar estos hallazgos para evitar fallas en estructuras de concreto reforzado y mampostería de relleno.
Fortalecimiento de la capacidad de respuesta, uno de los retos
La capacidad de reacción inmediata es otra lección vital. Arteta explicó que Colombia debe ser capaz de coordinar la revisión de habitabilidad de las viviendas apenas horas después del evento. Para ello, propuso un sistema de semaforización (verde, amarillo y rojo) que indique a los ciudadanos si es seguro regresar a sus hogares.
Como conclusión de su análisis, el investigador manifestó cuáles son las tareas pendientes para Colombia: “Colombia debe seguir fortaleciendo la formación de ingenieros, los protocolos de evaluación rápida post-sismo, la investigación sobre edificaciones existentes y la preparación institucional para responder de manera segura y oportuna después de futuros terremotos”.
La reconstrucción en Venezuela será un proceso largo y costoso —con estimaciones iniciales de 190 edificios colapsados y 800 destruidos—, pero para Colombia, el aprendizaje preventivo a partir de esta experiencia técnica es la mejor herramienta para mitigar el impacto de un fenómeno natural inevitable.