El 5 de agosto de 2019, la vida de Sandra Milena Cuesta, una madre trabajadora de la comuna 8 de Medellín, se detuvo. Marlon Andrés Cuesta, su hijo menor de tan solo cinco años, desapareció tras haber quedado al cuidado de un conocido en el barrio Villatina. Lo que inicialmente se reportó como el extravío de un menor, pronto se transformó en una operación de búsqueda a gran escala que involucró a toda la ciudad y a las autoridades de infancia y adolescencia. Séptimo Día investigó este caso.
Durante once días, la incertidumbre consumió a la familia Cuesta. Sandra recordaba a su hijo como el motor de su existencia: “Ese niño era la motivación mía. El que siempre estaba ahí conmigo era él Marlon, era mi compañero”. Mientras la Policía y la comunidad realizaban rastreos casa por casa y marchas con camisetas blancas, los responsables del rapto se encontraban camuflados entre los manifestantes. Kevin, un adolescente de 17 años que vivía en la misma casa que Sandra, y sus amigos, participaron activamente en las velatones y jornadas de búsqueda para desviar las sospechas.
El hallazgo en una zona boscosa
La esperanza de encontrar a Marlon con vida se desvaneció el 16 de agosto de 2019. El avistamiento de gallinazos en un sector boscoso del barrio alertó a los vecinos. Zoila Rosero, líder comunal y conocida de la familia, fue una de las primeras en llegar al sitio del hallazgo: “Y yo me vengo sin chancla sin celular corriendo... El niño está envuelto en lonas”.
El cuerpo de Marlon Andrés fue encontrado dentro de un costal, envuelto en sábanas y una cortina, con sus extremidades atadas. La inspección técnica reveló la crueldad del ataque. Los peritos determinaron que el menor no murió de inmediato, sino que permaneció con vida entre siete y ocho días después de su rapto, sufriendo agresiones continuas antes de ser asesinado.
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"Fue una venganza": esto dijo uno de los implicados
La investigación de la Fiscalía y la Policía Judicial rápidamente vinculó a Kevin, el vecino menor de edad. Meses antes del crimen, el adolescente había ingresado a la vivienda de Sandra para hurtar varios electrodomésticos. “Se me llevó microondas, se me llevó licuadora”, explicó Sandra sobre el robo antes de la tragedia.
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En lugar de denunciar formalmente, la situación fue escalada por grupos ilegales que controlaban la zona, quienes obligaron a Kevin a devolver los objetos y lo expulsaron temporalmente del barrio tras propinarle una golpiza.
Este hecho generó un resentimiento profundo en el joven. Cristian Camilo Serna, uno de los condenados a 60 años de prisión, habló durante una entrevista desde el centro penitenciario: “Porque él a veces le decía a mi hermanito que estaba ofendido con la mamá del peladito que porque casi lo hacía matar de los manes de la vuelta”.
Bajo esta premisa, la muerte de Marlon no fue un hecho accidental, sino una retaliación directa contra su madre. El plan consistió en raptar al niño cuando se encontraba solo, trasladarlo a la habitación contigua de la misma casa donde vivía y mantenerlo cautivo mientras el país entero lo buscaba.
Justicia y condenas en medio de la indignación
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La captura de los implicados se produjo de forma escalonada tras el allanamiento a la vivienda de Kevin, donde se hallaron fragmentos de la cortina utilizada para envolver el cadáver y rastros biológicos que confirmaron que el menor estuvo allí. Kevin y Sebastián, ambos de 17 años en el momento de los hechos, aceptaron su responsabilidad y fueron sentenciados a ocho años en un centro para menores infractores, la pena máxima permitida para su edad.
*Este texto fue realizado con colaboración de un asistente de IA y editado por un periodista que utilizó las fuentes idóneas y verificó en su totalidad los datos. Cuenta con información y reportería propia de Séptimo Día.