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Del Carnaval a PlayStation: héroes, máscaras y valores que también se juegan

El ritmo del tambor y el pulso del control se encuentran en una celebración donde la identidad también se juega.

Del Carnaval a PlayStation
Del Carnaval a PlayStation
Cortesía: JeffreyGroup

En Barranquilla, el Carnaval no es solo una fiesta: es un lenguaje vivo. Cada danza, cada máscara y cada golpe de tambor construyen un relato colectivo donde la ciudad se reconoce, se cuida y se reinventa. Allí conviven la picardía, la memoria, el duelo simbólico y la celebración de la vida, en una coreografía que se transmite de generación en generación.

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Esa lógica del movimiento, del ritmo y del enfrentamiento simbólico no es ajena al universo de los videojuegos. En ambos espacios —la plaza y la pantalla— el cuerpo o el avatar se convierten en herramientas de expresión, estrategia y resistencia. Desde esa conexión nace Bailes Guerreros, una lectura que cruza el Carnaval con algunos de los héroes más reconocibles de la cultura gamer contemporánea, no como un ejercicio de fantasía superficial, sino como un diálogo de valores compartidos.

El Carnaval barranquillero ha sabido construir figuras que encarnan principios claros: la Marimonda como burla al poder, el Garabato como disputa entre vida y muerte, el Congo como fuerza organizada, el Monocuco como guardián del orden festivo y la Negrita Puloy como energía popular que lidera desde la alegría. En el videojuego, esos mismos principios toman forma en personajes que también luchan, protegen, improvisan y sostienen comunidades.

Kratos, protagonista de God of War, encuentra un eco natural en el Garabato. Ambos representan el choque constante entre destrucción y protección. El Garabato baila con la muerte para reafirmar la vida; Kratos combate su propia furia para convertirse en escudo de su hogar. No se trata solo de fuerza bruta, sino de disciplina y responsabilidad. El arma —garrote o hacha— no es símbolo de violencia gratuita, sino de un camino que debe abrirse con conciencia.

En otro registro aparece Jin Sakai, de Ghost of Tsushima, asociado al Congo. La danza del Congo es avance firme, presencia imponente y coordinación colectiva. Jin, formado en el código del samurái, entiende el valor del paso preciso y del momento exacto para atacar o esperar. Tanto en la danza como en el combate, el honor no es rigidez, sino equilibrio entre principios y supervivencia.

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La Negrita Puloy dialoga con Aloy, protagonista de Horizon. Ambas representan liderazgo desde la resiliencia y la creatividad. Aloy observa, aprende del entorno y actúa pensando en el futuro de su comunidad. La Negrita Puloy, con su energía inconfundible, marca el ritmo de la fiesta y convoca a otros a seguirla. En ambos casos, la fuerza no se impone: se comparte y se construye con ingenio.

Nathan Drake, de Uncharted, encaja naturalmente con la Marimonda. La máscara burlona del Carnaval y el aventurero carismático comparten una misma lógica: convertir el error en oportunidad. Drake sobrevive gracias a la improvisación, el humor y la capacidad de reírse del peligro. La Marimonda, con su irreverencia, cumple una función similar: desarmar tensiones y recordar que la risa también es una forma de resistencia.

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Finalmente, Spider-Man se refleja en el Monocuco. Ambos utilizan la máscara no para ocultarse, sino para proteger. El Monocuco regula el desfile, cuida el ritmo y mantiene el orden simbólico de la fiesta. Spider-Man, desde el anonimato, protege su barrio y teje rutas seguras para los demás. Bastón y telaraña cumplen una misma función: sostener a la comunidad.

Más allá de las asociaciones puntuales, Bailes Guerreros propone una idea central: el Carnaval y el videojuego comparten una ética común. Coraje sin solemnidad, lucha sin pérdida de humanidad, competencia atravesada por la alegría y el sentido colectivo. En ambos espacios, el héroe no existe sin la comunidad que lo rodea ni sin el ritual que le da sentido.

Cuando el tambor suena y la consola se enciende, se activa una misma pulsión: pertenecer. La máscara y el avatar no son escapes, sino extensiones culturales que permiten narrar quiénes somos y qué defendemos. Así, el mito no se congela en el pasado ni se limita a la ficción digital. Se renueva, baile a baile y partida a partida, como una coreografía compartida que sigue latiendo en la ciudad y en quienes la viven —y la juegan.

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