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Los efectos que sufren los astronautas de la misión Artemis II en sus cuerpos al estar en el espacio

En el espacio exterior, el ser humano debe acostumbrarse a la microgravedad, que puede causar cambios significativos en el organismo.

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Este 10 de abril vuelve la nave espacial Orión con los cuatro astronautas que han sido el rostro de la misión Artemis II. Por casi 11 días, los tripulantes estuvieron bajo circunstancias muy diferentes en el espacio exterior mientras estudiaban la Luna y marcaban varios hitos para la humanidad. Uno de los factores que más caracterizó este viaje fuera de la Tierra fue la gravedad.

Mientras una fuerza de 9.8 m/s² nos mantiene siempre aferrados al suelo en la Tierra; en el espacio esa fuerza no existe y se convierte en microgravedad. Las condiciones a las que el ser humano está habituado se ven alteradas y el cuerpo resiente este cambio de distintas formas. La NASA expuso los efectos que resienten astronautas como Reid Wiseman, Victor Glover, Christina Koch y Jeremy Hansen cuando salen y entran de la órbita.

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En la Estación Espacial Internacional se estudian constantemente los fenómenos de pérdida muscular y ósea que sufren los astronautas y cómo contrarrestarlo para superar el problema y que sea un tema menor en futuras misiones hacia la Luna y Marte. De hecho, Christina Koch hizo parte del primer grupo de astronautas estadounidenses en pasar un año en la estación, periodo que sirvió para estudiar efectos a largo plazo.

Salida al espacio: los fluidos intentan irse a otros lados

Cuando la nave espacial llega a este nuevo ambiente de microgravedad, señala la revista National Geographic, el organismo del ser humano intenta adaptarse rápidamente. Allí en el espacio sí sufren de una condición denominada “síndrome de adaptación espacial”. Según relatan los propios astronautas de la NASA y otros programas espaciales, experimentan síntomas como náuseas, mareo, dolores de cabeza y desorientación hasta por tres días.

Una vez finaliza el despegue, los fluidos del cuerpo intentan moverse en “nuevas y extrañas direcciones”, define el biotecnólogo Daniel Pellicer. Los líquidos siguen su flujo normal gracias a los órganos que siguen regulando el funcionamiento. Excepto la sangre, que llega en mayor cantidad al cerebro y se traduce en un aumento de la presión. Los vasos sanguíneos pueden hincharse, sobre todo en los ojos.

En misiones de largo plazo, los astronautas pueden tener mayores problemas por la inflamación de los vasos en el globo ocular y pueden traducirse en problemas de visión. Esto tiende a ocurrir en funcionarios de la Estación Espacial Internacional (ISS), pero no es muy probable que ocurra con los integrantes de Artemis.

Problemas en los huesos y la musculatura

En misiones anteriores de la NASA, se ha constatado que la masa muscular de un astronauta puede reducirse hasta en un 20 % en cuestión de dos semanas. En el espacio, el cuerpo del ser humano sufre desmineralización ósea y pérdida muscular. Aunque este es un problema recurrente para las misiones de larga duración, la tripulación de Artemis no será ajena a este lío. Y es que en la Tierra, el ser vivo lucha contra la gravedad y sus músculos se ven involucrados al contrarrestar esa fuerza; cosa que no ocurre en la microgravedad del espacio.

Los huesos también cumplen un rol importante en ese soporte contra la fuerza de la gravedad; al no estar sometidos a la tensión y la compresión, la estructura ósea puede disminuir entre 1 y 2 % durante un mes. La desmineralización prácticamente se acelera 10 veces más que en la Tierra. Sin embargo, puede ser reversible con dieta y ejercicio. Los astronautas cuentan ahora con sistemas de levantamiento de pesas, una cinta de correr y una bicicleta ergonómica que son usados bajo una intensidad por un periodo en promedio de dos horas.

Por esa razón, algunos astronautas deben ser apoyados al momento de llegar a la Tierra para moverse, ya que deben readaptarse a la fuerza de la gravedad. Hay quienes caminan a duras penas y otros que deben estar sentados constantemente. El proceso de volver a acostumbrarse a la presión del planeta puede durar meses o hasta días.

María Paula Rodríguez Rozo
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