Las familias en Venezuela han dado todo de sí para poder recuperar los cuerpos de sus familiares, a más de 20 días después del doblete de terremotos que causó una tragedia que ya cobró la vida de cerca de 5.000 personas, según los reportes más recientes del Gobierno. Noticias Caracol fue hasta la zona conocida como Caribe o Los Cocos, en el estado de La Guaira. Lo que era una urbanización de por lo menos 12 edificios hoy está reducida a nada. Allí había hogares que en Colombia se conocen como viviendas de interés social. Hoy no hay más actividad que la de los rescatistas y voluntarios.
Richard Prato es uno de los socorristas que se ha concentrado en este punto desde el inicio. Está de pie en lo que antes era el cuarto piso y ahora está a muy pocos metros del suelo. Relató que antes todo el pasillo estaba lleno de escombros. “Muchas personas se calcinaron”, dice. Según sus cálculos, más de 8.000 personas siguen “tapiadas”, enterradas bajo los restos de la urbanización. Las familias de estas personas han intentado abrirse camino en el concreto para sacar a los miles de cuerpos. En el lugar hay un agujero abierto: es el resultado de ir rompiendo piso por piso para poder encontrarlos. El espacio entre cada nivel es muy estrecho. Hay estructuras que se fueron hacia adelante; los apartamentos están comprimidos de distintas maneras.
Pero la vida sigue. Quienes sobrevivieron se quedaron en lo que un día fue su casa y ahora comen, conviven y dormitan sobre los restos de los edificios. Se instalaron allá con la convicción de trabajar todo lo posible para sacar a sus seres queridos. Prato estima que hay entre 4.000 y 6.000 personas que hacen parte de ese esfuerzo. No traen experiencia ni equipo de seguridad, pero cargan una inmensa fuerza de voluntad para adentrarse en los huecos cavados a su suerte. “Aquí no viene el Gobierno”, aseguran.
Yormina Soto sigue en Los Cocos. Con las manos desnudas rescató a sus tres hijos y a su esposo. A aquellos humanos que salieron de sus entrañas los encontró abrazados a los cinco días de la tragedia. “Yo tenía esperanza de conseguirlos vivos”, confiesa. Y es que su esperanza era alimentada por los pocos sobrevivientes que salieron de las unidades residenciales. “Hay que aceptar la voluntad de Dios, más nada (...) estamos aquí por el amor”, asegura Yormina, que, aunque encontró a sus seres queridos, sigue entre los escombros.
Pedro Díaz, otro sobreviviente de La Guaira, dice que más allá de ser un trabajo físico y agotador, ya resulta agotador para el corazón. “En lo físico uno descansa y agarra fuerzas, ¿pero cómo uno se quita este dolor de encima, del alma?”, cuestiona. Díaz cuenta que, a medida que se abren camino, van reconociendo pertenencias y sufren peripecias. Un día golpeó un bloque y una pared colapsó. A raíz de eso, golpeó su cabeza. Ya recuperó los cuerpos de dos de sus sobrinos, pero sigue sin parar porque no ha encontrado los cuerpos de sus padres. Su convicción es fuerte: no se detendrá hasta que dé con un muro que no pueda romper.
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Los desafíos sanitarios son bastantes. Entre la descomposición, las moscas y la contaminación, la gente sigue conviviendo. Nadie del Ministerio de Salud ha venido para controlar el asunto. Además, hay quienes han experimentado deshidratación y enfermedades gastrointestinales, aparte de las secuelas emocionales. Hacer esta búsqueda no es seguro. No es solo enfrentarse a interminables laberintos, que van de arriba abajo y de izquierda a derecha. Hay muchos riesgos, pero la gente en verdad no desiste hasta que encuentre a su familia.
Prato estima que tomará dos o tres décadas recuperarse totalmente de la tragedia. El panorama ya casi cumple un mes, pero las imágenes siguen siendo dolorosas. Los muertos todavía no terminan de contarse y el luto aún no se transita por completo. Las ayudas humanitarias siguen siendo necesarias.
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María Paula Rodríguez Rozo
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