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Cabezote sección BOGOTÁ Noticias Caracol 2025 DK

Duro relato de joven que terminó tres meses en la cárcel por un crimen que no cometió

Carlos Steven Morales fue condenado a ocho años de cárcel por el robo de unas candongas de oro. Aunque se logró probar su inocencia, el joven contó en Noticias Caracol el fuerte impacto que le dejó esta experiencia.

Hombre terminó tres meses en la cárcel por un crimen que no cometió
Carlos Estiben reencontrándose con su familia tras recuperar la libertad -
Universidad Manuela Beltrán

El metal de las esposas tiene un frío que jamás se olvida; se queda en los huesos. Para Carlos Steven Morales, un joven bogotano de 29 años, su vida cambió para siempre el 27 de diciembre de 2024, en plena víspera de Año Nuevo. Mientras muchas familias en Colombia se preparaban para darle el último adiós al 2024 con fiestas, viajes u otro tipo de celebraciones, la familia de Carlos estaba sumergida en el dolor, la incertidumbre y el clamor por justicia.

El día que cambió para siempre la vida de Carlos Steven

Carlos Steven se preparó, como habitualmente lo hacía, ese viernes 27 de diciembre para irse a trabajar. Se trasladó desde el barrio Santa Librada, en Usme, hasta la localidad de Suba para cumplir con su deber. El joven no sabía el destino que le esperaba, uno que le cambió la vida para siempre. Al salir de un centro comercial, unos policías le pidieron sus documentos de identidad. Carlos, con la tranquilidad de una persona que sabe que sus antecedentes están limpios, les entregó su cédula. "Yo pasé normal... como el que nada debe, nada teme", narró en entrevista con Noticias Caracol. El joven empezó a sospechar que algo andaba mal cuando vio que los uniformados digitaban su número de cédula una y otra vez en una aplicación.

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Lejos de entender lo que estaba pasando, Carlos fue trasladado hasta los juzgados de Paloquemao. Allí un funcionario le dijo que debía pagar una pena de ocho años de cárcel por hurto agravado. ¿Cuál era el delito? El robo de unas candongas de oro a una fiscal avaladas en cinco millones de pesos. "Pero, ¿cómo así? O sea, ¿de qué? ¿Por qué agravado? ¿A quién? No, no entiendo", preguntó Carlos sobre ese momento.

Un fin de año que se convirtió en un infierno

Mientras el mundo afuera celebraba la llegada del Año Nuevo, Carlos Steven y su familia vivían su propio infierno. De la URI de Suba fue trasladado a la cárcel La Picota y, de allí, a la cárcel Colonia Agrícola de Acacías, Meta. El impacto mental de entrar en un entorno de muros grises y miradas intimidantes fue inmediato.

"Yo estaba asustado porque es un entorno en el que yo nunca había estado... Las personas allá lo impactan a uno mentalmente... se ve la intimidación a todo el que va llegando, como generándole miedo a uno", recordó el joven. Ese dolor emocional en Carlos y en su familia también se convirtió en una carga económica. La madre del joven le contó a Noticias Caracol que, apenas un día después de que Carlos llegó a la cárcel Colonia, "le estaban pidiendo 800.000 pesos para una colchoneta".

Carlos cuenta que la realidad tras las rejas era cruda. Compartía celda con más de 20 reclusos, un pequeño espacio donde las camas eran inexistentes. Lo único que había eran planchones de concreto, pero cuando se acababa ese espacio, la opción era lo que él llama “tirar pasillo”: dormir en el piso frío, donde todos pasaban para ir al baño.

Mientras Carlos intentaba sobrevivir en esa cárcel, en su hogar en Bogotá el ambiente se tornó muy pesado. "La verdad sí nos asustamos porque él es un muchacho muy sano, trabajador... No hacíamos sino llorar", relata su madre al recordar esos meses de incertidumbre. Para ella, ver a su hijo "hogareño" y "pendiente de todo" convertido en una persona privada de la libertad fue un golpe que afectó a toda su familia.

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Para visitarlo en el Meta, el viacrucis no era menor. Los pasajes en buses intermunicipales, cuenta la madre de Carlos, costaban más de 200 mil pesos por persona, y al llegar a la zona donde estaba la cárcel, los padres de Carlos debían pasar la noche en condiciones precarias: "A uno le alquilan unas colchoneticas muy pequeñas... Ahí uno amanecía... Valía 3.000 pesos la colchoneta. Cuando uno se iba a bañar le tocaba pagar otros 3.000 pesos".

Dentro de la prisión, Carlos Steven se desvanecía poco a poco. Perdió 12 kilos, no por falta de comida, sino por el desgaste mental de la “pensadera” sobre su futuro. Para el joven, la única forma de escapar de esas paredes grises y de las peleas a diario era el sueño: “La única manera en la que yo descansaba era cuando dormía... Si por mí fuera, yo dormía todo el día. O sea, para alejarme de ese entorno en el que estaba".

Padre de Carlos casi vende su casa para pagar los costos de las visitas a la cárcel

La desesperación llevó al padre de Carlos a considerar el sacrificio máximo: vender su propio techo. "Él quería vender la casa, ponerla en venta, pagar lo que se debía... para poder ir a visitarlo... Yo digo que un papá con tal de ver a sus hijos bien es capaz de vender su propio techo", agregó la mamá del joven.

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Su familia, consciente de que Carlos era inocente, intentó ayudarlo con todas sus fuerzas. Contrataron abogados que cobraron sumas millonarias, pero que al final no lograron demostrar su inocencia. Lo único que este joven pedía era que le tomaran sus huellas dactilares para que se dieran cuenta de que habían condenado a la persona equivocada. La luz de esperanza llegó cuando su hermano contactó a la Universidad Manuela Beltrán, cuyo consultorio jurídico tomó el caso de forma gratuita.

La verdad salió a la luz: un delincuente capturado previamente había dado el nombre completo de Carlos y su número de cédula y, al parecer, por un error en el procedimiento policial, el verdadero culpable fue dejado en libertad mientras un ciudadano inocente pagaba por un crimen que jamás había cometido. “Yo no sé si en algún momento perdí alguna copia de mi cédula, porque yo sigo teniendo el documento original", aseguró el joven. Bastó una breve toma de huellas dactilares realizada por la universidad para demostrar, en apenas 20 días, lo que el Estado no verificó en tres meses: Carlos Steven no era el ladrón de las joyas.

La cruda realidad de quienes pagan con cárcel delitos que no cometieron

Por fortuna, hoy Carlos se encuentra libre y sigue ganándose la vida de forma honesta. Pero, aunque recuperó su libertad física, sus antecedentes siguen manchados, lo que le ha impedido en todo este tiempo conseguir un empleo formal. Actualmente trabaja como vendedor ambulante independiente, vendiendo incienso y bolsas de basura, mientras sueña con montar su propio negocio de ropa.

ÁNGELA URREA PARRA
NOTICIAS CARACOL

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