Lo que inició como un día de recreación en la ciclovía de Bogotá, específicamente en la calle 116, terminó en una tragedia que transformó la vida de la familia Pérez Cuervo. El 7 de septiembre de 2025, Paola Cuervo, una profesora de 36 años, acompañaba a su hijo menor. Séptimo Día habló con los padres.
Según relata la madre, todo parecía seguro hasta que se desencadenó el siniestro. “Estábamos en plan familiar, mi hijo tenía 5 años en su momento y en plan de ciclovida. Entonces yo volteo a mirar a ver si podemos girarnos para ir al parquecito y detrás mío solo veo una parejita trotando. Entonces yo le digo a mi hijo, 'Amor, ¿puedes voltear?' Y en el momento en que él gira se lo lleva a la scooter”. El impacto fue tan violento que el conductor de la patineta eléctrica no solo derribó al menor, sino que le pasó por encima de su extremidad inferior.
Daniel Pérez, padre del niño, describe el accidente basándose en lo observado tras el choque: “Queda presionado sobre su piecito, su pierna”, señala.
El accidente alertó a transeúntes y vecinos, quienes intentaron auxiliar al menor. Sin embargo, la velocidad de la patineta fue un factor determinante en la imposibilidad de reaccionar a tiempo. “Segundos. Es que esa Esas esas máquinas van muy rápido. Van muy rápido porque de por sí la pareja que me auxilia, que es la que está atrás mío, dijeron, '¿Y de dónde salió ese señor?'”.
La gravedad de la lesión del niño: "Partido literal en dos"
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Tras el traslado de urgencia a la clínica, los exámenes diagnósticos revelaron la magnitud del daño físico. Las radiografías mostraron una afectación severa. Daniel Pérez, al observar las imágenes médicas, relató el diagnóstico: “Él llega, le hace una radiografía. Efectivamente, hay una fractura fractura de su femur. Cómo se puede ver quedó partido literal en dos”.
La intervención quirúrgica fue compleja. Adicional, la recuperación postoperatoria fue una realidad dolorosa para el niño de cinco años, quien debió permanecer inmovilizado casi por completo. Paola Cuervo describe el impacto de ver a su hijo en ese estado: “De ver a tu hijo con un yeso desde el pecho hasta los pies... y que te digan que en dos meses no se puede mover”.
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Además del daño físico, el accidente dejó secuelas psicológicas profundas. La familia cuenta que el menor comenzó a sufrir de “pesadillas que lo iban a atropellar otra vez, que alguien se lo llevaba, que había un cocodrilo, que había un tiburón, que se lo comía”. La situación obligó a los padres a iniciar terapias con especialistas para manejar el trauma emocional derivado del siniestro vial.
El vacío legal y la fuga del responsable
Uno de los puntos más críticos de esta historia es la huida del conductor de la patineta eléctrica. A pesar de haber arrollado a un menor de edad en un espacio familiar, el sujeto no prestó auxilio. “El señor de la patineta solo se para, se arregla y se va”. La indignación de los padres aumenta al señalar que la identificación del responsable es prácticamente imposible.
Al ser consultada sobre por qué no pudieron identificar al sujeto, Paola Cuervo fue enfática: “Como las patinetas esas no tienen placas”. Este vacío de identificación es el eje de la denuncia de la familia, que califica al conductor como “una persona muy egoísta” e irresponsable. La falta de una matrícula o registro impide que se pueda rastrear al infractor, a diferencia de lo que ocurriría con una motocicleta o un automóvil.
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Desde el Concejo de Bogotá, se han levantado voces de protesta contra la normativa nacional vigente. Juan David Quintero, concejal de la ciudad, calificó la Ley 2486 de 2025 como “una ley perversa, inseguridad vial para los actores más vulnerables, que son los ciclistas y los peatones”. Según Quintero, la legislación actual crea una categoría de vehículos que, pese a su potencia y velocidad, están exentos de requisitos básicos de tránsito.
La situación legal de las patinetas eléctricas en Bogotá permite que circulen por la cicloinfraestructura, pero bajo ciertas restricciones de velocidad que, según las víctimas, no se cumplen ni se controlan. Pablo Rincón, subsecretario jurídico de movilidad de Bogotá, aclaró las reglas: “Esa patineta eléctrica puede circular por la cicloinfraestructura”.
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No obstante, el mismo funcionario admitió las dificultades técnicas para ejercer un control efectivo en tiempo real: “En estos momentos es más complejo la utilización de ese tipo de radares”. Esta falta de supervisión en la ciclovía, un espacio definido por los Pérez Cuervo como “un espacio familiar... para compartir en familia... no para ir de afán”, es lo que permitió que un vehículo a alta velocidad colisionara con el menor.
Para la familia Pérez Cuervo, el accidente no solo les quitó la paz, sino que representó una carga financiera y emocional inesperada. “Mi hijo no volvió a usar calzoncillos, tocó con pañales. Entonces fue otro rubro a mi canasta familiar”, explicó la madre al referirse a las dificultades de la inmovilización absoluta.
A pesar de que el niño, en un acto de resiliencia, expresó haber perdonado al conductor, la familia insiste en la necesidad de justicia y regulación. “Necesita haber un responsable. Es víctima de una moda, pero más que una moda en patinetas eléctricas, necesitan regulación, controles”.
*Este texto fue realizado con colaboración de un asistente de IA y editado por un periodista que utilizó las fuentes idóneas y verificó en su totalidad los datos. Cuenta con información y reportería propia de Séptimo Día.