El vuelo parecía que iba a ser como el de cualquier día y dentro del avión Hércules de la FAC (Fuerza Aeroespacial Colombiana), la atmósfera era de calma. A bordo, muchos de los uniformados compartían el sentimiento de regresar a sus hogares sin saber que la tragedia tocaría a sus puertas. Los soldados no imaginaban que estaban a segundos de una lucha desesperada por la vida: así lo narraron en Noticias Caracol cuatro de los 57 militares sobrevivientes del accidente aereo.
El cabo William Stiven Enríquez narró cómo se rompió la calma dentro del avión accidentado: “Cuando íbamos ya todos felices, con ganas de ir a ver a nuestras familias, ya pues el avión estaba bien, se escuchaba todo bien. De repente, cuando ya sentimos que estábamos en movimiento, pues dentro de la aeronave todos estábamos tranquilos. Lo único que recuerdo fue que escuché un sonido nada más y cuando sentí algo que como que no estaba bien, todo el mundo se alcanzó a ver como la cara. Vi gente que se empezó como a preocupar. Eso fue en cuestión de segundos. Lo único que pensé fue, ‘aquí va a pasar algo’. Lo único que decir fue: ‘Dios mío, permítame volver a ver a mi familia”.
Mientras el cabo Enríquez rezaba, el avión comenzaba su descenso. Otros compañeros, como el cabo Pedro Alejandro Rodríguez, sintieron el fallo técnico desde las entrañas de la máquina: “Yo escucho la parte de abajo y nos sorprende un poco... posterior a eso volvió a sonar más fuerte junto con el junto al ala y ya es cuando empezó una turbulencia fuerte hacia el impacto”.
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El dragoneante Fabio Muñoz sintió el vacío en el estómago cuando la aeronave se convirtió en un proyectil de metal que "empezó a caer y a llevarse árboles".
"Los miramos quemarse vivos y no podíamos hacer nada"
La escena en el lugar del accidente era trágica. El cabo primero Jairo Armando Bravo vivió el horror de estar atrapado mientras el fuego consumía lo que quedaba del Hércules: “Yo quedé atrapado en medio de las latas. No podíamos salir... fue muy feo porque nosotros miramos compañeros de nosotros o gente de mi pelotón o mi compañía quemarse vivos y no podíamos hacer absolutamente nada”.
Sin embargo, en medio de la tragedia, apareció la solidaridad de la comunidad de Puerto Leguízamo. Campesinos y vecinos, sin equipo de protección y movidos solo por el coraje, se lanzaron hacia las llamas y el humo para rescatar a los sobrevivientes. Para el cabo William Stiven Enríquez, su salvación tiene el rostro de un hombre humilde que lo encontró cuando sus fuerzas se agotaban: “Gracias a la comunidad de Puerto Leguízamo, a ese campesino que me vio ahí arrastrándome y me levantó, le agradezco. Gracias por tener ese ese valor y ese coraje de, sin importar nada lo que pase, sacrificarse por mí. Gracias a Puerto Leguízamo y a la comunidad”.
Los militare se preparan para afrontar difíciles condiciones como estar en un combate, como estar en la selva o incluso caer en un campo minado. El cabo Enríquez sostuvo que “como miembros de la fuerza pública, sabemos que siempre estamos en riesgo y pues cualquier situación puede ocurrir con nosotros. Estamos preparados para eso mentalmente. Estamos capacitados. Para eso nos preparan a todos, para para afrontar la situación, pero así podemos estar preparados para lo que sea. Siempre hay un dolor y más cuando hay pérdidas de vida. Podría ser yo, pero también cualquier otro compañero, pero atrás de cada hombre que pertenece a la fuerza pública también hay una historia, una familia, que es lo que uno lucha, lo que uno construye”.
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CAMILO ROJAS, PERIODISTA NOTICIAS CARACOL
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