Alejandro Jiménez recibe su título como licenciado en Ciencias del Deporte después de un proceso que va más allá de lo académico. El diploma marca el final de una carrera universitaria interrumpida por un accidente grave y, al mismo tiempo, el resultado de años de recuperación, adaptación y decisiones tomadas en un contexto donde seguir no era la opción más evidente.
Alejandro estuvo 22 días en coma por culpa de un conductor borracho
Hace seis años, mientras se movilizaba en bicicleta, Alejandro fue atropellado por un conductor en estado de embriaguez. El impacto lo dejó con un trauma craneoencefálico severo, en coma profundo y dependiente de respiración asistida. Los diagnósticos médicos no fueron optimistas. Se habló de un estado vegetativo permanente y de la imposibilidad de volver a caminar o hablar. Durante 22 días estuvo inconsciente, mientras su familia se preparaba para un escenario donde la recuperación no parecía una opción.
Contra esos pronósticos, Alejandro despertó. El regreso a la conciencia no fue el final de la batalla, sino el inicio de otra etapa igual de exigente. Su casa se transformó en un espacio de atención permanente, con cuidados durante todo el día. La rehabilitación implicó volver a lo básico: aprender a gatear, sostener la cabeza, llevar la comida a la boca. Cada movimiento era un ejercicio de paciencia y repetición, con avances lentos y retrocesos inevitables.
Alejandro retomó la universidad e hizo su tesis con base a su accidente
Las secuelas no desaparecieron. Alejandro enfrenta deterioro cognitivo y una parálisis parcial en su brazo izquierdo. Aun así, tomó una decisión que marcó el rumbo de su proceso: retomar la carrera que había dejado en pausa. Volver a la Universidad Manuela Beltrán no fue sencillo. Empezó con semestres virtuales y luego asumió el reto de las clases presenciales. Hubo días de desorientación, trayectos que terminaron en municipios equivocados y momentos de confusión que pusieron a prueba su constancia.
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Persistió. Ajustó rutinas, pidió ayuda cuando fue necesario y avanzó a su propio ritmo. Ese recorrido académico terminó reflejado en su proyecto de grado, donde decidió convertir su experiencia en un estudio de caso. Su propia historia, marcada por el accidente y la rehabilitación, se transformó en un análisis desde el conocimiento que estaba adquiriendo. El trabajo final fue, al mismo tiempo, una revisión personal y un aporte desde su disciplina.
Hoy, Alejandro vive en Bogotá. Es independiente en la mayoría de sus actividades diarias y aplica lo aprendido durante su formación. El diploma que sostiene no borra lo ocurrido, pero sí confirma el camino recorrido desde aquel día del accidente. Su meta ahora es clara: que su historia sirva como mensaje para otras personas que atraviesan procesos similares. Su supervivencia se convirtió en una forma de decir que, incluso después del golpe más duro, la vida puede seguir tomando forma.
ÁNGELA URREA PARRA
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