Se cumple un año del segundo mandato del presidente de Estados Unidos, Donald Trump. Su regreso a la Casa Blanca ha estado marcado por toda suerte de disputas y medidas que, de cierta forma, han reconfigurado el tono de las relaciones de Washington con el mundo y han significado un cambio de rumbo en la que es considerada una de las potencias mundiales. Desde sus ataques contra los migrantes, pasando por las amenazas con aranceles y un poder presidencial desatado hasta las intenciones de apoderarse de Groenlandia y sus planes en Venezuela y Ucrania. Aquí un repaso por las claves de los primeros 365 días del segundo periodo de Trump en la Casa Blanca.
1. Ataque sin precedentes a migrantes en Estados Unidos
El primer año de Trump ha estado marcado por un ataque sin precedentes contra los migrantes en Estados Unidos, con una política de mano dura que combinó un altísimo número de detenciones, tácticas cada vez más violentas, restricciones a la migración legal y un uso intensivo de la acción ejecutiva, cuyas consecuencias humanitarias y económicas, advierten expertos, se sentirán durante años. En 2025, un total de 622.000 ciudadanos fueron deportados desde el inicio del actual mandato, según datos del Departamento de Seguridad Nacional. Aunque es una cifra elevada, queda por debajo de las 778.000 repatriaciones del último año fiscal completo del gobierno de Joe Biden y lejos de la promesa republicana de un millón de deportaciones anuales.
Para elevar los números, la administración recurrió a medidas duramente criticadas y cuestionadas en tribunales, como la expulsión de migrantes a terceros países. En el primer año, cientos de personas fueron enviadas a al menos 14 países distintos a los de su origen, entre ellos Camerún, El Salvador, Polonia, Ruanda y Sudán del Sur. Además, en promedio, más de 73.000 migrantes permanecieron bajo custodia, cifra más alta desde la creación del Departamento de Seguridad Nacional en 2001. Según cifras oficiales, el número de agentes de ICE también se duplicó, de unos 10.000 a 22.000, y muchos fueron desplegados en ciudades gobernadas por demócratas como Chicago o Mineapolis.
En la frontera, la eliminación de la posibilidad de solicitar asilo (tanto en puertos de entrada como tras cruces irregulares) provocó un desplome de los cruces y detenciones hasta los niveles más bajos en 50 años, con un promedio de unos 9.700 cruces mensuales. Las medidas se extendieron a la migración legal: con la suspensión de visados de migrante a 75 países, la paralización del programa de refugiados y el fin de la lotería de diversidad y de varios mecanismos de reunificación familiar.
El Migration Policy Institute (MPI) destaca además el uso intensivo de la acción ejecutiva. Hasta el 7 de enero de este año, Trump ha firmado 38 órdenes ejecutivas sobre inmigración, cerca del 17% del total emitido en su primer año. MPI estima que la Administración tomó más de 500 acciones migratorias en este periodo.
2. Los aranceles como herramienta para controlar la política exterior
Al comienzo de su primer año, Trump convirtió los aranceles en los protagonistas de su política económica. En los últimos meses, los gravámenes han dejado de ser solo punitivos, para funcionar como una herramienta coercitiva con la que atraer inversión y apuntalar la economía del país, enfocada, sobre todo, en la carrera por el liderazgo contra China, especialmente en el terreno tecnológico y de materias primas estratégicas. El mandatario, que se autoproclama "el rey de los aranceles", dio un golpe en el tablero económico global el pasado mes de abril al anunciar gravámenes "recíprocos" sobre las importaciones de casi todos los países del mundo bajo la premisa de reducir el déficit comercial con Washington.
El último ejemplo se vivió este mismo fin de semana cuando Trump amenazó con aranceles a los ochos países europeos y miembros de la OTAN que enviaron tropas a Groenlandia para proteger la soberanía de la isla.
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Con su política arancelaria el mandatario ha demostrado que se mueve más cómodo en el bilateralismo (algo acorde con su filosofía basada en "El arte del trato" en los negocios), que en el terreno del multilateralismo. Para expertos, el lema de campaña de Trump, 'Hacer a Estados Unidos Grande de Nuevo', resume el objetivo de la política arancelaria del republicano: ganar a China la carrera por el liderazgo global, sobre todo, en el terreno tecnológico, en el que el gigante asiático amenaza la hegemonía de Washington.
3. Poder presidencial desatado y poca resistencia del Congreso
En los últimos mees, Trump ha ensanchado de forma agresiva los márgenes del poder presidencial en Estados Unidos apoyándose en decretos, poderes de emergencia y el control del Partido Republicano, mientras el Congreso, dominado por sus aliados, apenas ha ofrecido resistencia efectiva a esa expansión. En lo que va de su segundo mandato, el republicano ha desdibujado los límites de la Presidencia al amparo de un Gabinete ciegamente leal y un liderazgo republicano dispuesto a apoyar su agenda a pesar de los precedentes establecidos por el propio Legislativo.
Mediante la combinación de un uso masivo de órdenes ejecutivas (más de 200), cambios regulatorios acelerados y una política exterior decidida casi en solitario, Trump ha reconfigurado en un año el equilibrio de poderes en Washington. Esto ha consolidando un Ejecutivo que invade espacios tradicionalmente reservados al Legislativo y los estados.
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En una ruptura con la costumbre de sus antecesores de notificar previamente al Congreso antes de realizar acciones militares, por ejemplo, Trump ha ordenado ataques sumarios contra embarcaciones supuestamente relacionadas con el narcotráfico en el Caribe y el Pacífico Oriental, matando a la gran mayoría de sus ocupantes.
La mayoría republicana en la Cámara y el peso conservador en el Senado han permitido a Trump avanzar su agenda con escaso coste político, frenando iniciativas de supervisión y rechazando intentos de limitar por ley el recurso a emergencias y órdenes ejecutivas. Sin embargo, se han registrado episodios puntuales de rebeldía, como las revueltas de legisladores conservadores en votaciones clave sobre gasto y ayudas internas, o las quejas bipartidistas por la falta de información sobre operaciones en el exterior, que de momento no han cristalizado en una coalición estable para limitar la autoridad presidencial.
4. La captura de Maduro
Para analistas, Trump ha transformado y endurecido enormemente la política exterior de Estados Unidos y la operación para capturar a Nicolás Maduro en Venezuela ha supuesto una impactante prueba de fuerza y el ejemplo más claro del nuevo tipo orden mundial al que aspiran el republicano y su gabinete. Desde la guerra comercial que lanzó contra sus socios a su apoyo desigual para con Kiev en la Guerra de Ucrania, Trump dejó claro en los primeros meses de su segundo Gobierno que la diplomacia estadounidense había virado, incluso si se la compara con la de su primer mandato, hacia terrenos inexplorados.
Entre medias se sucedieron desplantes de diferente calibre, desde afirmaciones sobre la anexión de Groenlandia, la posibilidad de realizar ataques militares sobre el narco en suelo mexicano o el deterioro de la relaciones con la India, un socio estratégico. En verano, Washington llevó a cabo un ataque quirúrgico contra el programa nuclear iraní e inició un despliegue naval inédito en el Caribe -que ha incluido la ejecución sumaria de más de un centenar de supuestos narcotraficantes en alta mar- con el objetivo de presionar a Maduro. La campaña contra el ahora expresidente venezolano fue subiendo de tono, al igual que las amenazas que el republicano fue lanzando también sobre el jefe de Estado colombiano, Gustavo Petro.
Pero hasta ese momento todo parecía desarrollarse más o menos sobre la dinámica del acrónimo TACO (siglas en inglés de "Trump siempre se acobarda") que se acuñó este año en Wall Street. Pero entonces llegó el asalto sobre Caracas y la detención de Maduro para llevarlo ante la justicia estadounidense por supuesto narcoterrorismo. Todo esto ha llevado a muchos analistas a apuntar que el mundo parece ahora dirigido a un escenario similar al que se produjo entre finales de los 1800 y el inicio de la I Guerra Mundial en 1914, que estuvo marcado por una visión del mundo basada en las esferas de influencia y las zonas de dominio colonial concebidas por las grandes potencias.
5. Groenlandia y Ucrania
Las amenazas de Trump de hacerse con Groenlandia han profundizado la brecha abierta por el republicano con Europa en su primer año de mandato, y dejan al Viejo Continente en un escenario inédito con su hasta ahora principal aliado. Desde su retorno a la Casa Blanca, Trump ha emprendido un brusco giro en las relaciones con la Unión Europea, o más bien, ha confirmado y profundizado la trayectoria que ya esbozó en su primera legislatura, cuando se desmarcó del multilateralismo, usó el comercio como arma política o cuestionó el proyecto europeo.
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El distanciamiento fraguado durante la guerra comercial o en torno a Ucrania ha alcanzado su punto álgido justo cuando se acerca el primer aniversario de una Administración Trump II, que, con el presidente envalentonado tras la captura de Nicolás Maduro en Venezuela, ha puesto sus miras en Groenlandia, el territorio del ártico semiautónomo y perteneciente a Dinamarca.
La voluntad de Trump de hacerse con el control de la isla "por las buenas o por las malas" o "les guste o no" a los europeos, según sus propias palabras y con el supuesto objetivo de frenar que China o Rusia ocupen antes este territorio, supone la demostración definitiva de que las relaciones transatlánticas han entrado en una era nueva y hostil. Para muchos expertos, el episodio viene a confirmar que Estados Unidos está dispuesto a cuestionar incluso la soberanía de aliados si lo ve necesario para sus intereses, y subraya la urgencia para la Unión Europea de consolidar una política de seguridad propia y de asumir que su peso estratégico ya no puede delegarse en Washington.
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De otro lado, Trump ha cerrado el primer año de su segundo mandato con una gran asignatura pendiente en política internacional, la de acabar con la guerra de Ucrania, algo que prometió que haría "en 24 horas" insistentemente durante la campaña para las presidenciales de 2024. Pese a que Trump no duda en presumir de sus dotes de pacificador, insistiendo en que ha acabado con "ocho guerras" desde que volvió a ocupar el Despacho Oval -en una suerte de campaña para recibir el Premio Nobel de la Paz-, lo cierto es que Ucrania se ha cronificado como cuestión por resolver.
El cambio de opinión de Trump sobre esta guerra (en diciembre reconoció que "no es una situación fácil"), que insiste haber heredado de sus predecesores Joe Biden y Barack Obama, ha evolucionado en paralelo a su relación con sus homólogos ruso y ucraniano. Si con el presidente de Rusia, Vladímir Putin, la familiaridad inicial ha dado paso a una abierta y evidente desconfianza pública ("estoy muy decepcionado", aseguró Trump este mismo enero), la relación con Volodímir Zelenski ha parecido seguir un camino inverso.
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*Con información de EFE